Fue el primer impulsor de la cruzada migratoria. No solo diseña las políticas, sino el marco moral para justificarlas
En Washington hay figuras que gobiernan desde el estruendo y otras que lo hacen desde la sombra. Stephen Miller pertenece, paradójicamente, a ambos mundos. No ocupa el Despacho Oval ni encabeza ruedas de prensa multitudinarias, pero pocas personas han moldeado con tanta precisión -y persistencia- el ADN ideológico del trumpismo, informa en un análisis el diario La Razón.
Controvertido, combativo y deliberadamente provocador, Miller es actualmente una de las piezas más influyentes del engranaje político de Donald Trump, especialmente en su segunda etapa en la Casa Blanca.
A nivel internacional, Miller puede parecer un asesor más, uno de tantos nombres técnicos que pululan alrededor del poder estadunidense. Pero en la práctica, su papel ha sido el de arquitecto doctrinario: El hombre que traduce los impulsos políticos de Trump en políticas duras, coherentes y, sobre todo, duraderas.

Miller no necesita ganar elecciones para ejercer poder. Su influencia no se mide en votos, sino en decretos, memorandos y líneas rojas. Desde sus primeras funciones en el primer mandato de Trump, fue el principal impulsor de la política migratoria más restrictiva en décadas, incluyendo la separación de familias en la frontera y el cierre selectivo a determinados países.
En el actual gobierno, su peso es aún mayor. Miller no solo diseña políticas: Define el marco moral en el que se justifican.
Para él, la migración no es un fenómeno social ni económico, sino un desafío existencial al Estado nación. Esa visión, radical para estándares europeos o latinoamericanos, conecta profundamente con sectores del electorado estadunidense que perciben la globalización como una amenaza directa.
A diferencia de otros asesores pragmáticos, Miller actúa desde una convicción ideológica rígida. Su discurso —pulido, confrontacional y cargado de referencias históricas— busca normalizar políticas que, fuera de Estados Unidos, generan alarma. Para Miller, la dureza no es un exceso: Es una virtud política.

Uno de los elementos más relevantes es el modo en que Miller entiende el lenguaje del poder. Sus mensajes no están pensados solo para el votante estadunidense, sino también para aliados y adversarios. Cada declaración, cada política restrictiva, es una señal hacia el exterior: Estados Unidos vuelve a ser un Estado que impone condiciones, no que las negocia.
Miller resumió sin matices la filosofía que guía actualmente a la Casa Blanca: Estados Unidos es una superpotencia y debe comportarse como tal. La frase, breve pero cargada de intención, no fue un desliz retórico sino una declaración de principios.
Para Miller, el liderazgo global no admite ambigüedades ni concesiones simbólicas; implica imponer condiciones, marcar límites y asumir el coste político de ejercer poder real. En esa lógica, la moderación deja de ser virtud y pasa a interpretarse como debilidad, un mensaje que resuena tanto en los aliados tradicionales como en los adversarios estratégicos de Washington.

Aunque inseparables políticamente, Trump y Miller no son lo mismo. Trump es instinto, espectáculo, improvisación. Miller es método, persistencia y disciplina ideológica. Donde el presidente fluctúa, el asesor fija rumbo. En más de una ocasión, Miller ha sido quien convierte una frase incendiaria del mandatario en una política concreta con respaldo legal.
Trump ve en él algo más que un asesor: un guardián doctrinal que evita que su proyecto se diluya entre compromisos.
Para Miller, la política no consiste en suavizar tensiones, sino en explotarlas. Su cálculo es claro: Un mundo inestable requiere liderazgos firmes, incluso si eso implica romper consensos históricos.
