La promesa de Trump de poner orden en la frontera se ha convertido en una amenaza para la economía cotidiana
El barrio Corona, en Queens, es uno de los principales núcleos latinos de Nueva York. Sus calles ofrecen cultura, gastronomía y comercios en español, una lengua que se escucha en cada rincón, y en diferentes acentos, lo que refleja la comunidad rica en culturas y formada por varias olas migratorias a finales de los años 90 procedentes sobre todo de México, Ecuador y República Dominicana.
Fueron ellos quienes, con su esfuerzo y trabajo, crearon un ecosistema propio donde predominan los negocios hispanos en los que trabajan compatriotas. El sistema ha estado funcionando durante años, hasta que llegó Donald Trump. ¨Yo mismo, si se corre la voz de que hay agentes de ICE por la zona, no abro la lavandería¨, cuenta un colombiano que llegó a la Gran Manzana hace 10 años con su esposa y sus dos hijas y regenta un negocio a dos manzanas de la calle principal del barrio. ¨Nuestra situación es legal, pero estamos en mitad de un proceso. Imagina que me agarran a mí solo y me sacan del país y mi familia se queda aquí, yo me muero¨, confiesa insistiendo en que no revelemos su identidad en esta crónica.
Ramón, nombre ficticio, no sube las persianas de su laundromat si sospecha que hay agentes de migración rondando la zona. Como lo vive en primera persona, comprende a los empleados que un día no van a trabajar por miedo, pero eso no quita que esté preocupado porque los ingresos han empezado a caer.

No es un caso aislado. La ofensiva de Trump contra la migración está agravando la falta de trabajadores en sectores clave, además de frenar la actividad en muchos negocios.
El presidente insiste en que su política migratoria es una acción necesaria para proteger al país, una cuestión de ¨seguridad nacional¨, ha dicho en varias ocasiones, pero sobre el terreno su discurso está creando una combinación explosiva difícil de controlar: Deportaciones masivas, salidas ¨voluntarias¨ del país por temor a ser detenido en cualquier momento, caída de la llegada de nuevos migrantes y un clima de miedo que ha derivado en el absentismo laboral, incluso entre personas con estatus legal que temen verse atrapadas en medio de una redada.
En el 2024, los trabajadores nacidos en el extranjero representaban el 19,2% de la fuerza laboral civil de Estados Unidos, según el Bureau of Labor Statistics (BLS), y la mayoría estaban empleados en alguno de los sectores más afectados por esta situación: la hostelería, agricultura, construcción e industria manufacturera.
La economía cotidiana se ha llevado la peor parte en todo el país. En el área de Washington D.C., contratistas y trabajadores confesaron a la cadena NBC que las redadas de ICE están retrasando la entrega de proyectos y elevando los costes porque hay que invertir más para entregar los proyectos ante la falta de personal.
No es un caso aislado, según la Associated General Contractors (AGC), la presión de las políticas migratorias ha afectado a casi un tercio de las empresas consultados en una encuesta nacional, el 92% confesó tener dificultades para contratar y el 45% vinculó la escasez de empleados con el retraso en las entregas de los proyectos.
La situación en hoteles y restaurantes no es mucho mejor. En las principales ciudades del país, miles de empleados se ausentan de sus puestos de trabajo por temor a las redadas y los negocios han registrado una caída importante de las ventas.
Lo que Trump llama ¨control y orden¨ está generando incertidumbre, y si la situación no mejora, las cifras podrían ir a peor. Según un informe publicado por la National Foundation for America Policy (NFAP) a finales del pasado año, de seguir así las decisiones de Trump en migración reducirían la estimación de la fuerza laboral en 15,7 millones y desacelerarían el crecimiento del PIB en un tercio durante la próxima década.
