La cineasta keniana utiliza el documental para visibilizar el impacto físico y psicológico de la MGF
“Parecen pétalos, como una rosa”, dice la cineasta Beryl Magoko en una escena de uno de sus documentales mientras observa la vulva de una amiga que, a diferencia de ella, no sufrió mutilación genital femenina (MGF), informó la agencia EFE.
La práctica, considerada una violación a los derechos humanos, ha afectado a más de 230 millones de niñas y mujeres en todo el mundo, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Magoko nació en un pueblo del condado de Nyanza, en el oeste de Kenia, y a los 10 años, impulsada por la presión social y sin informar a su madre, huyó de casa para someterse a la ablación, un acto que su comunidad considera un rito de paso hacia la adultez.
“Ese día supe que ninguna mujer debería atravesar esto”, afirma en una entrevista concedida este 6 de febrero, en el marco del Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina.
Ese convencimiento la llevó, años después, a contar su historia a través del cine. A los 41 años, Magoko ha dirigido dos documentales: “The Cut” (2017) e “In Search” (2018), en los que recoge testimonios de su comunidad para explicar las consecuencias de la MGF y documentar su propio proceso de cirugía de reconstrucción del clítoris.

Las imágenes de sus filmes muestran celebraciones tradicionales en las que, entre cantos y bailes, decenas de niñas son mutiladas. “No creo que haya palabras para describir ese dolor”, recuerda la cineasta, al rememorar escenas de sangre, desmayos y sufrimiento que marcan a las víctimas de por vida.
La MGF puede provocar hemorragias, infecciones, dolor crónico, complicaciones en el parto, trastornos psicológicos e incluso la muerte. A pesar de ello, persisten creencias que la justifican, como la idea de que evita la prostitución o garantiza la fertilidad de la tierra.
Actualmente, esta práctica se realiza en una treintena de países de África, Oriente Medio y Asia, con 144 millones de víctimas en África, lo que representa el 63% del total mundial.
Cada año, cuatro millones de niñas y mujeres siguen en riesgo, incluso en países con comunidades migrantes, por lo que Magoko insiste en que se trata de un problema global.
Tras someterse a una cirugía pionera en Alemania -donde reside-, la cineasta asegura que, más allá de la recuperación física, el mayor logro ha sido recuperar su voz. “La cultura me quitó algo que me pertenecía, pero contar mi historia me devolvió lo más importante”, afirma.
Pese a retrocesos, como el debate en Gambia para volver a legalizar la MGF, Magoko continúa su labor de concienciación. El cambio, asegura, ya empieza a notarse. En su última visita a su pueblo, su madre y su abuela le confesaron que hoy lucharían hasta el final para impedir que la práctica continúe. “Eso me da esperanza”, concluyó.
