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Una descarga de agua convertida en rito, memoria y resistencia cultural en el corazón del Carnaval

Una descarga de agua convertida en rito, memoria y resistencia cultural en el corazón del Carnaval
En Panamá, celebran los carnavales con mojaderas o culecos. Archivo.

A primera vista, el culeco parece una escena de puro desorden festivo: camiones cisterna rociando agua, multitudes bailando bajo el sol inclemente y una mezcla de música, gritos y risas que convierte la calle en un río humano. Sin embargo, detrás de esa postal carnavalesca hay una historia que va más allá del entretenimiento. El culeco es, para muchos estudiosos de la cultura popular, un ritual moderno que sintetiza identidad, clima, historia y comunidad.

El agua, elemento central de la celebración, no es un simple recurso logístico. En sociedades tropicales como la panameña, el agua ha sido históricamente símbolo de renovación, purificación y encuentro colectivo. El culeco transforma ese simbolismo en una experiencia compartida: nadie queda seco, nadie queda fuera. Es una nivelación momentánea donde las diferencias sociales se diluyen bajo la misma descarga.

Una tradición que nació de la necesidad

Cuelcos en Las Tablas. Archivo.

Los historiadores sitúan los primeros antecedentes del culeco en celebraciones callejeras espontáneas de mediados del siglo XX. En pueblos del interior, las fiestas coincidían con temperaturas extremas y jornadas largas de baile. El agua surgió como alivio físico, pero rápidamente se convirtió en juego social. Lo que comenzó como cubetazos improvisados evolucionó hacia sistemas organizados que hoy forman parte oficial de los Carnavales.

“Es una tradición que nació del clima y se convirtió en cultura”, explica el antropólogo social Luis Mendoza. “El culeco no es una copia de otra fiesta. Es una adaptación local a una realidad geográfica y social. Es un invento popular que se institucionalizó”.

Esa institucionalización no borró su esencia comunitaria. Por el contrario, consolidó un espacio donde la calle se convierte en escenario democrático. No hay tarimas VIP dentro del agua; el culeco es, por definición, colectivo.

El cuerpo como territorio festivo

El culeco también reconfigura la relación entre el cuerpo y el espacio público. Durante unas horas, el cuerpo deja de ser formal, rígido o vigilado. Se mueve libre, se moja, se mezcla. Ese desorden temporal cumple una función social antigua: permitir una válvula de escape.

Las fiestas carnavalescas en distintas culturas han servido históricamente como momentos de inversión simbólica, donde se suspenden jerarquías y normas estrictas. En Panamá, el culeco actúa como ese paréntesis social. La calle deja de ser tránsito y se convierte en celebración.

Panameños y turistas disfrutaron de los tradicionales culecos. Foto Archivo

“Es un ritual de permiso”, señala la socióloga Carmen Batista. “Durante el culeco, el contacto social cambia. La gente baila con desconocidos, se abraza, comparte agua y espacio. Es una experiencia de comunidad que no ocurre con la misma intensidad en la vida cotidiana”.
Identidad popular y pertenencia

Para muchos jóvenes, participar en un culeco es un rito de paso. Marca pertenencia generacional y territorial. Cada región tiene su estilo, su música, su ritmo.

Los culecos del interior no son iguales a los de la capital, y esa diferencia refuerza identidades locales.

Además, el culeco conserva un carácter profundamente popular. A diferencia de otras actividades carnavalescas más asociadas al espectáculo o al consumo, el agua sigue siendo el elemento más accesible. No exige entrada, vestimenta formal ni estatus económico.

Esa accesibilidad es parte de su poder simbólico: el culeco pertenece a la calle, y la calle pertenece a todos.

Yanidia Maure y sus princesas Natasha Vargas y Leidys González, disfrutan los culecos de sábado de carnaval. Foto/Aris Rodrígue M., Archivo 

Entre tradición y debate

Como toda práctica masiva, el culeco enfrenta tensiones contemporáneas. Las discusiones sobre uso responsable del agua, seguridad pública y sostenibilidad ambiental han entrado en el debate. Sin embargo, estas críticas no eliminan su valor cultural; lo transforman.

Expertos en patrimonio cultural sostienen que las tradiciones sobreviven precisamente porque se adaptan. El desafío no es cancelar el culeco, sino repensarlo dentro de las realidades actuales: gestión del recurso hídrico, planificación urbana y educación ciudadana.

“El patrimonio no es una pieza de museo”, afirma Mendoza. “Es algo vivo. El culeco seguirá existiendo, pero tendrá que dialogar con su tiempo”.

Una celebración que cuenta quiénes somos

Más allá del ruido y la espuma, el culeco funciona como espejo social. Revela cómo una comunidad usa el cuerpo, el agua y la música para afirmar existencia colectiva. Es un lenguaje cultural que dice: aquí estamos, juntos, bajo el mismo sol.

En un país marcado por contrastes económicos y sociales, el culeco ofrece una imagen rara: miles de personas compartiendo el mismo espacio sin barreras visibles. Por unas horas, el agua borra líneas invisibles.

Y quizás ahí reside su fuerza duradera. No es solo una fiesta para refrescar el calor. Es una tradición que refresca la idea de comunidad.

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