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El "presidente de la paz" vuelve a la guerra

El "presidente de la paz" vuelve a la guerra
Imagen de archivo. EFE/EPA/BONNIE CASH / POOL

Trump pretende acabar con la capacidad balística de Teherán, descabezar al régimen e impulsar una revolución interna

Estados Unidos ha lanzado una gran operación de combate en Irán. “Nuestro objetivo es defender al pueblo estadounidense eliminando las amenazas inminentes del régimen iraní, que jamás podrá tener un arma nuclear”, informó el presidente, Donald Trump.

El ataque ha sucedido pocas semanas después de la intervención en Venezuela y las amenazas militares contra Groenlandia. Y apenas unos días después de que el inquilino de la Casa Blanca lanzase su Junta de la Paz. Más aún, la nueva operación contra Teherán no solo ha devuelto al presidente a la senda de la guerra, sino que contradice sus presuntos éxitos anteriores.

En junio del 2025, cuando se produjeron los ataques contra las bases iraníes de Fordow, Natanz y Isfahan, aseguró que la aspiración nuclear del régimen de los Ayatolás había sido cercenada, a pesar de que, en marzo de ese año, “la comunidad de inteligencia estadounidense evaluó que Irán no estaba construyendo un arma nuclear”, según la cadena CNN. Más aún, Trump se jactó de ello en numerosas ocasiones.

Irán anunció este sábado el cierre de su espacio aéreo después de que se escucharan varias explosiones en diversos puntos de Teherán y de que Israel informara de que ha lanzado un ataque preventivo contra el país persa. EFE/ Mehrnews 

“He logrado la aniquilación total del potencial nuclear de Irán”, indicó el pasado 13 de febrero. Los nuevos ataques también se centrarán en la capacidad balística de Teherán, descabezar al régimen e intentar provocar una revolución interna.

“Al gran y orgulloso pueblo de Irán, les digo que la hora de su libertad está cerca. Manténganse resguardados. Caerán bombas por todas partes. Cuando terminemos, tomen el control de su gobierno”, les instó.

A estas alturas, que el magnate neoyorkino se autodenomine “presidente de la paz” no es solo una contradicción retórica, sino también una muestra clara de cómo el concepto de paz puede vaciarse de contenido y convertirse en un instrumento político. En una cuña desprestigiada que luego, en los círculos diplomáticos, no significará nada porque tendrá el mismo peso que una pluma.

En el caso de Venezuela, la intervención fue justificada por la Casa Blanca en nombre de la “liberación”, la “seguridad” o la “estabilidad regional”, aunque el motivo real era el petróleo. De esta manera, Trump está normalizado la violencia como herramienta legítima para los cambios políticos y económicos.

Una columna de humo se eleva en el centro de Teherán tras el ataque de Israel, 28 de febrero de 2026. Israel lanzó un ataque a Irán el 28 de febrero de 2026.
EFE/EPA/ABEDIN TAHERKENAREH

Con Irán, la lógica es la misma, aunque con un agravante: la nueva escalada viene a sumarse a la alta tensión regional y los riesgos globales. En ese contexto, la paz de Trump se define como una estrategia basada primero en la disuasión mediante la amenaza, y luego en los bombardeos y la intervención militar, estableciendo así la idea, más que peligrosa, de buscar la estabilidad política a través de la imposición del miedo.

Es evidente que esa formar de entender la geopolítica no reduce los conflictos. A lo sumo los aplaza y, casi siempre, acaba amplificándolos, sembrando resentimiento y aumentando la probabilidad de confrontaciones futuras.

La reflexión de fondo es incómoda, aunque clara: cuando un líder habla de paz mientras recurre sistemáticamente a la coerción esta se convierte en una marca política, no en un compromiso ético. O, lo que es lo mismo, el objetivo no es resolver el conflicto sino aprovecharse de él para que dicho líder reafirme su poder y control, mientras aumenta la distancia entre el discurso y la realidad.

Un hecho que, por otro lado, puede tener consecuencias domésticas que, en el caso de Donald Trump, pueden funcionar como un mecanismo de cohesión, distracción y reordenamiento del debate público. Pero también son un arma de doble filo.

Como demuestra la historia estadunidense, las escaladas militares contra terceros suelen reforzar el liderazgo presidencial frente a su base electoral. El inquilino de la Casa Blanca se presenta como un mandatario fuerte que, en el momento adecuado, no duda en usar la fuerza extrema contra los enemigos externos.

No obstante, esa misma historia suele indicar que, a menudo, también es una herramienta presidencial para desplazar la atención de los problemas domésticos persistentes y muy reales para la administración Trump, como son la inflación, el aumento de la desigualdad y polarización institucional.

Así mismo, la narrativa de la amenaza externa también puede ser utilizada para deslegitimizar a los sectores críticos por una supuesta falta de patriotismo.

En ese sentido, hay otra reflexión a nivel institucional que resulta preocupante: los presidentes que actúan sin un debate profundo en el Congreso solo debilitan los contrapesos democráticos que deberían ser los impulsores de un potencial conflicto, como son la libertad de los pueblos, la ayuda contra la agresión y la destrucción de la democracia.

Una vez más, parece que la Casa Blanca no ha aprendido las lecciones de Vietnam, Irak o Afganistán. Algo que, a largo plazo, erosiona la cultura constitucional, reduce el control civil real sobre el uso de la fuerza y crea líderes que utilizan el concepto de paz como un arma arrojadiza. Y lo peor es que la democracia se acostumbra a existir en un constante estado de excepción que, en nombre de la presunta seguridad, debilita los valores constitucionales con los que fue creada.

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