Las campañas aéreas nunca son suficientes para acabar con un régimen, pero invadir Irán supondría una escalada mucho mayor que la de Irak, Afganistán o Ucrania
“Cuando terminemos, tomen el control de su gobierno. Esta será probablemente la única oportunidad durante generaciones”, aseguró el sábado el presidente estadounidense, Donald Trump, refiriéndose a la campaña de bombardeos iniciada por Washington y Tel Aviv que ha acabado con la vida del líder supremo iraní, Ali Jamenei.
La idea del magnate neoyorkino es impulsar desde dentro la caída del liderazgo en Teherán, pero las campañas aéreas nunca han sido suficientes para acabar con un régimen, y todavía menos el de los ayatolás. Para eso hacen falta botas sobre el terreno. Un paso que, de momento, parece poco probable.
La escalada bélica actual está basada en ataques aéreos, misiles y retórica dura. Sin embargo, qué sucedería si, por ejemplo, Teherán hundiese uno de los barcos estadounidenses desplazados en el Golfo Pérsico. ¿Obligaría esto a Washington a intervenir sobre el terreno? Existen precedentes.
El primer conflicto exterior de la historia de Estados Unidos, la guerra Berberisca (1801–1805), se llevó a cabo en el Mediterráneo para proteger sus buques de los ataques piratas. La guerra de Cuba contra España (1898) se inició por un ataque de falsa bandera contra el Maine. La Segunda Guerra Mundial empezó para Estados Unidos después del ataque japonés a Pearl Harbor (1941). Y el detonante de la guerra de Vietnam fue el incidente del Golfo de Tonkín (1964).

Si el pasado es prólogo, como dijo William Shakespeare en La tempestad, sería un error descartar las posibilidades que pueden llevar a una guerra terrestre, porque una decisión en ese sentido acarrearía unas consecuencias humanas y geopolíticas catastróficas, como ya sucedió en Irak.
En caso de producirse, esa pesadilla obligaría a Trump a enfrentarse a varios problemas de difícil resolución, dado el contexto internacional y la polarización política en Washington.
Primero tendría que asegurar una declaración formal de guerra en el Congreso, así como una coalición internacional y regional para poder llevar a cabo una operación de gran envergadura. Luego tendría que realizar una campaña por tierra extremadamente compleja y arriesgada, dada la orografía del país y las fuerzas profesionales que tendría enfrente.
Aunque improbable, un ataque terrestre a gran escala supondría una escalada mucho mayor que la de Irak, Afganistán o Ucrania. ¿Qué motivos podrían empujar a Washington y Tel Aviv a tomar una decisión así? Desde el punto de vista de Trump y el líder israelí, Benjamín Netanyahu, una invasión exitosa proporcionaría control directo sobre el terreno (especialmente en el Estrecho de Ormuz, que Irán ha cerrado y por donde transita el 20% del petróleo mundial).

Permitiría neutralizar objetivos estratégicos como instalaciones nucleares, bases militares y sistemas de misiles, y debilitaría las capacidades logísticas y el liderazgo político del régimen iraní para incentivar revueltas internas, que ya no serían percibidas como acciones caídas en sacos rotos que solo han traído muerte y represión.
Las desventajas de un ataque terrestre son tantas que solo pueden entenderse con una imagen sencilla y aterradora, como es caminar por un campo minado con una venda en los ojos. Los costos y peligros potenciales son enormes.
Empezando por una guerra prolongada con altísimas bajas militares y civiles, que se contarían en decenas de miles, como mínimo. También podría desembocar en una escalada militar con otras potencias globales como Rusia o China, ambos valedores del régimen de los Ayatolás. Y, por su puesto,
Teherán respondería intentando crear un conflicto regional con acciones indirectas a través de sus aliados para expandir el conflicto, aunque estos han sido en gran parte descabezados.
No obstante, Irán sigue contando con uno de los mayores aparatos militares de Medio Oriente, con alrededor de 580,000 efectivos activos y más de 200,000 reservistas, repartidos entre el Ejército regular y la Guardia Revolucionaria.
Posee un arsenal con más de 3,000 misiles balísticos, incluidos modelos con alcances de hasta 2,000 km. Además, la marina iraní cuenta con embarcaciones y decenas de lanchas rápidas, unos 20 submarinos (mayoritariamente pequeños) y una estrategia de guerra asimétrica pensada para bloquear o amenazar el Estrecho de Ormuz. Y, aunque su fuerza aérea es inferior y anticuada, la compensa con sus drones de ataque y capacidad para la guerra cibernética.
Por otro lado, la cohesión de la teocracia iraní es mucho más fuerte de lo que parece. Históricamente, los ataques externos fortalecen al régimen en el corto plazo. Se produce un cierre de filas nacionalista y las disputas internas de sus líderes se suspenden temporalmente, para establecer una narrativa fuerte y basada en la defensa de su soberanía.
Por supuesto, todo esto supone un gran beneficio para el liderazgo religioso iraní, así como para la Guardia Revolucionaria. Por ello, un ataque externo tiende a reducir las probabilidades de colapso inmediato del régimen, así como de un levantamiento popular masivo.
Las protestas internas no desaparecerán, sino que se congelarán. Más aún, la Guardia Revolucionaria se verá reforzada para asumir más funciones de seguridad interna, y aprovechará el momento para desplazar a los tecnócratas y reformistas que aspiran a una paz negociada.
El resultado: La creación de un Estado más duro, con menos margen político y mucha más represión preventiva, que ya ha causado miles de víctimas, como sucedió durante las últimas protestas.
Asimismo, para muchos iraníes existe una gran diferencia entre no apoyar al régimen y aceptar un ataque extranjero.
El auténtico peligro para Teherán no es el bombardeo, sino la resaca económica y social posterior, la frustración acumulada y las fracturas dentro de las élites que pueden propiciar protestas más desordenadas y difíciles de controlar.
Ese es el motivo principal por el que hay que descartar la invasión como alternativa viable, aunque la historia es caprichosa y los seres humanos tendemos a tropezar con la misma piedra, una y otra vez.
