Esta Semana Santa, las hermanas la vivirán con “muchísima más profundidad”, dice Alicia, con “un peso especial de oración, de comunión, con el mundo”
Cerca de Jerusalén, entre colinas y viñedos, las 12 monjas del monasterio de Deir Rafat encaran la guerra unidas para sobrellevar el sonido de las sirenas antiaéreas, los cazas y las explosiones de un conflicto que les afecta “más profundamente” porque se sienten “más vulnerables”, aunque también les hace sentirse más cerca de los que sufren.
Esas hermanas, parte de los cientos de religiosos que viven en Tierra Santa, han tenido que cambiar su día a día para adaptarse a noches interrumpidas por las sirenas que las obligan a ir al refugio, en una zona del país donde suenan con frecuencia y donde un misil impactó a pocos kilómetros el segundo día de guerra causando nueve muertos.
Antes, muchas vivían en habitaciones junto al edificio principal del monasterio, una construcción de piedra de 1927 ubicada en lo alto de una colina y que alberga a la virgen Regina Palestina, pero ahora se han mudado a su interior para ponerse al abrigo de los misiles de Irán.
Sus jornadas son de “silencio y comunión”, explican estas monjas de la Familia Monástica de Belén, que provienen de España, Francia, Bélgica y Polonia. Pasan casi todo el tiempo solas, rezando o trabajando en artesanía, pero se reúnen para algunas misas y comen juntas una vez a la semana.

Ahora, su tiempo en soledad se ha reducido, ya que cada vez que suena la alarma se reúnen en el refugio, donde cantan rezos para hacer frente a la tensión y se acuerdan, dicen, de los que más sufren.
“Lo que viene de fuera nos afecta, entre comillas, más profundamente. No tanto porque seamos especiales, sino porque en el entorno en que vivimos, de silencio, de oración, todo eso nos hace un poco más vulnerables”, relata Alicia en el comedor pocas horas antes de la procesión, en una entrevista también cortada por una sirena.
“El peso de la guerra, de la violencia”, afirma Karine, hace que se sientan más cerca de “los que están debajo de las bombas”, y Alicia añade que piensan mucho en “los que no tienen nada” y en los que han perdido a alguien.
Vivir en comunidad, relata la española, ayuda a sobrellevar la tensión. “Cuando una baja un poco el ánimo, la de al lado te lo sube”, lo que no quita, explica acto seguido, que ella duerma “con un ojo abierto” porque en cualquier momento puede sonar la alarma.

Karine es la hermana que sale, se encarga de las compras, de contratar obreros para el mantenimiento del monasterio y de las gestiones burocráticas, por lo que la guerra le ha afectado aún más en un país medio paralizado.
Asegura que el conflicto tiene también un impacto económico en una comunidad que vive de vender artesanía en cerámica y madera, mermeladas, miel o aceites terapéuticos. Ahora nadie visita el monasterio.
Esta Semana Santa, las hermanas la vivirán con “muchísima más profundidad”, dice Alicia, con “un peso especial de oración, de comunión, con el mundo”.
En Jerusalén, a 30 kilómetros de allí, todas las celebraciones se han suspendido, en medio de la polémica por que las autoridades israelíes prohibieran el Domingo de Ramos al patriarca latino, Pierbattista Pizzaballa, celebrar una misa privada en el Santo Sepulcro.
