El ganador se beneficia de la fragmentación de la derecha y del desgaste del modelo presidencial de Rebelo de Sousa durante sus 10 años de mandato
António José Seguro se impuso en las elecciones presidenciales portuguesas de este domingo con un 70% de los votos, superando a André Ventura, que alcanzó cerca del 30% según las primeras proyecciones, informó el diario La Razón.
El resultado confirmaría un giro significativo en el equilibrio político del país y marca, al mismo tiempo, el final de una etapa: la despedida de Marcelo Rebelo de Sousa, un presidente que durante una década moldeó el cargo con una impronta personalísima, cercana y, en muchos momentos, deliberadamente imprevisible.
Seguro, que era quizá el candidato menos favorecido al inicio, se benefició de la fragmentación de todo el espacio político a su derecha, poblado por candidatos que pasaron la primera vuelta de la campaña en una guerra fratricida en la que se aniquilaron entre sí, olvidándose del socialista que, discreto y alejado de las polémicas, acabó uniendo a toda la izquierda e incluso a parte de la derecha moderada, lo que aseguró su victoria tanto en la primera como en la segunda vuelta.
La victoria de Seguro no fue solo el desenlace de una campaña electoral, sino la culminación de un proceso de desgaste del modelo presidencial anterior y de una ciudadanía que, aun valorando la estabilidad, mostró señales claras de fatiga. Frente a él, Ventura consolidó un electorado firme, ruidoso y movilizado, aunque insuficiente para romper el techo que todavía limita a la derecha populista en Portugal.

Marcelo Rebelo de Sousa deja Belém tras dos mandatos marcados por una hiperpresidencialización del espacio público. Fue un presidente omnipresente, comentador permanente de la realidad nacional y figura mediática casi diaria. Su estilo -más emocional que institucional, más pedagógico que distante- redefinió la relación entre el presidente y los ciudadanos.
Como él mismo recordó en múltiples ocasiones, “el Presidente no es de una parte, es de todos, todos, todos”, una frase que se convirtió en su marca registrada y en la justificación de su constante presencia en el terreno.
Durante sus años en el cargo, Marcelo fue árbitro en tiempos de mayorías frágiles, garante de estabilidad durante la “geringonça” y figura clave en la gestión simbólica de la pandemia. Supo leer los estados de ánimo del país, aunque no siempre logró traducir esa empatía en coherencia estratégica. Su presidencia osciló entre el aplauso por la proximidad y la crítica por una cierta banalización del cargo.
La campaña que ahora culmina estuvo profundamente marcada por los acontecimientos de su última semana.
Las fuertes tormentas que azotaron varias regiones del país alteraron radicalmente el ritmo político, obligando a cancelar actos, redirigir mensajes y devolver el foco a la protección civil y a la respuesta del Estado.
En ese contexto, el tono de la campaña cambió: menos confrontación ideológica, más llamadas a la responsabilidad y a la unidad.
Marcelo, aún presidente en funciones, apareció entonces en un papel casi crepuscular, recordando que «la democracia también se mide en los momentos difíciles, cuando la prioridad es cuidar de las personas». Su presencia durante esos días reforzó la sensación de cierre de ciclo: un presidente despidiéndose en medio de una crisis, como tantas veces había hecho antes.
Ese cambio de ritmo favoreció a Seguro, cuya campaña se apoyó en la idea de previsibilidad, sobriedad y reconciliación institucional.
Frente al estilo combativo de Ventura, Seguro apareció como la encarnación de una presidencia menos mediática y más silenciosa, una promesa de retorno a la normalidad constitucional tras años de excepcionalidad emocional.
Por ahora, las urnas han hablado. Y con ellas, se cierra una de las presidencias más singulares de la democracia portuguesa y se abre un tiempo de expectativas contenidas, cifras aún por completar y un país que, entre tormentas reales y políticas, busca nuevamente equilibrio.
