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Merz busca el "oxígeno" de Xi ante el fantasma de los aranceles de Trump y la asfixia industrial

Merz busca el "oxígeno" de Xi ante el fantasma de los aranceles de Trump y la asfixia industrial
El canciller alemán, Friedrich Merz. EFE/EPA/RONALD WITTEK

La visita se produce en un momento en el que Berlín busca reducir los riesgos derivados de su dependencia económica de China sin apostar por un “desacople”

Friedrich Merz aterrizó este miércoles en Pekín con el perfil de un primer ejecutivo en misión de rescate más que con el de un canciller en visita protocolaria.

En juego no está solo la relación bilateral con la segunda economía del planeta, sino la viabilidad del modelo industrial alemán tal y como se ha conocido en las últimas décadas, en pleno giro del ciclo geopolítico y tecnológico, informó el diario La Razón.

La cita con Xi Jinping, en la simbólica Casa de Huéspedes de Diaoyutai, se inscribe en un contexto que el propio líder chino describe como de “cambios no vistos en un siglo”, una fórmula que en Berlín se lee como la confirmación de que el viejo equilibrio entre capital alemán y demanda china ha saltado por los aires.

Alemania mantiene la mentalidad de una potencia exportadora que ha perdido poder de fijar precios y control de las cadenas de valor. La presión combinada de energía cara, una normativa climática más exigente y la ofensiva industrial china ha erosionado las ventajas competitivas acumuladas por la locomotora europea.

El presidente de China, Xi Jinping, en una foto de archivo. EFE/EPA/PAVEL BEDNYAKOV / POOL.

El resultado es una sensación de vulnerabilidad que trasciende los círculos empresariales y se filtra al debate político. La industria pesada y el Mittelstand, tradicional columna vertebral del país, empiezan a percibir que la globalización tal y como la conocían se ha dado la vuelta.

En este marco, la relación con Pekín ya no puede plantearse solo en términos de “más exportaciones por más acceso al mercado”.

La balanza se ha inclinado hacia una dependencia crítica de insumos, tecnologías intermedias y, en segmentos clave, de demanda final. Alemania se descubre atrapada en una relación asimétrica con un socio que, al mismo tiempo, es cliente, proveedor y competidor directo en los eslabones de mayor valor añadido.

La misión de Merz es, en esencia, un intento de redefinir ese contrato de manera que siga siendo rentable sin convertirse en un riesgo sistémico.

De ahí el tono elegido por el canciller antes incluso de aterrizar: Berlín aspira a una asociación “equilibrada, fiable y regulada”, pero pone encima de la mesa las “distorsiones competitivas” y el “exceso de capacidad” que China vierte sobre el mercado europeo.

El mensaje se dirige a tres frentes: a Pekín se advierte de que el margen para seguir inundando el mercado comunitario es cada vez menor; a Bruselas le da cobertura para reforzar los instrumentos de defensa comercial, y a los votantes alemanes se les transmite que el Ejecutivo no está dispuesto a tolerar indefinidamente un entorno de competencia percibido como desleal.

En este contexto cobra especial peso la lectura de Sandra Marco Colino, profesora de la Facultad de Derecho de la Universidad China de Hong Kong. La jurista sostiene que este viaje “marca un punto de inflexión en la política exterior alemana plenamente coherente con la realidad”, al asumir que la relación con China debe gestionarse ya como un activo estratégico y no solo como un canal de ventas.

Su diagnóstico es que, al ser el principal socio comercial de Alemania, resulta “lógico y necesario tender puentes, especialmente ahora que Estados Unidos se ha transformado en un socio poco fiable”. Berlín no puede permitirse romper con Pekín justo cuando percibe a Washington como un aliado menos predecible, condicionado por ciclos electorales, agendas domésticas y una política industrial crecientemente proteccionista.

Para el tejido productivo germano, el mercado chino ha dejado de ser únicamente una oportunidad de expansión para convertirse en un componente central de su seguridad nacional y de su supervivencia tecnológica.

La rivalidad ya no se libra solo en las ferias sectoriales, sino en los laboratorios de baterías, en el diseño de estándares digitales y en el control de minerales críticos. El acceso a ese ecosistema, y la posibilidad de influir, aunque sea marginalmente en sus reglas, será determinante para la competitividad futura de la industria alemana.

El sector del automóvil ilustra mejor que ningún otro la magnitud del ajuste que debe acometer Berlín. La industria alemana está sufriendo “con especial dureza” el auge del sector eléctrico en China, señala Marco Colino, donde los fabricantes locales han sabido capitalizar economías de escala, integración vertical y un fuerte respaldo público.

El retroceso de las importaciones de vehículos alemanes ya no puede explicarse solo por un cambio de preferencias del consumidor, sino por un desplazamiento estructural de la demanda hacia productos que integran mejor el binomio precio-tecnología adaptado al ecosistema digital chino.

Ante ese escenario, la estrategia de los grandes grupos germanos no puede limitarse a defender cuota con las armas tradicionales de la calidad y la marca. Según la propia Marco, a los fabricantes alemanes les interesa establecer alianzas tecnológicas con las empresas que han liderado la transición eléctrica. Eso implica compartir plataformas, cooperar en el desarrollo de software de conducción asistida y explorar proyectos conjuntos en baterías y sistemas de gestión energética.

El modelo clásico del exportador que envía coches desde Europa se transforma así en un esquema de coproducción dentro del mercado chino, con fábricas, centros de I+D y socios locales.

La dependencia de China se extiende, además, a la industria de defensa. Alemania necesita un flujo estable de minerales críticos para la fabricación de tanques y sistemas sofisticados, y una parte significativa de esos recursos está controlada directamente o bajo influencia de Pekín.

En un momento en el que Europa reclama a Berlín un mayor esfuerzo en capacidades militares, esta realidad introduce un vector adicional de vulnerabilidad: reforzar su base de defensa obliga, por ahora, a seguir operando en cadenas de suministro en las que China tiene una posición de fuerza.

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