Ese filósofo nacido en Chipre fundó toda una escuela de pensamiento basada en el autodominio de las pasiones
Esta cita de uno de los estoicos más importantes de la historia de la filosofía -el primero de todos ellos- probablemente haya sido extraída en un primero momento de escrito de pensadores posteriores que siguieron sus enseñanzas, ya que por desgracia su obra original no se conserva. Zenón de Citio nació en la isla de Chipe en el siglo IV a. C. y se mudó a Atenas para estudiar distintas corrientes filosóficas. Más tarde, llegó a crear su propia escuela de pensamiento: El estoicismo, informa el diario La Razón.
Es quizá una de las frases más conocidas de Zenón, “Mejor tropezar con los pies que con la lengua”, aunque en algunas ocasiones de interpreta de manera incorrecta. Con esas palabras el estoico proclamaba una verdad como un templo, esta es, que el poder del lenguaje muchas veces es igual o más importante al de la fuerza física. Lo que se dice y cómo se dice tenía para los estoicos un peso enorme.
Hay quien piensa que con esta locución Zenón simplemente hacía una metáfora amable sobre los malentendidos, pero en realidad encierra una visión mucho más profunda del alma y del carácter humanos. La lengua, para él, revela el estado interior de una persona y por lo tanto, la falta de control sobre ella indicaría un desajuste de los valores e ideas que lo mueven a actuar.
Siguiendo la línea de pensamiento estoico, se deduce que quien habla impulsivamente demuestra que todavía no gobierna sus emociones. Y al revés, solo aquellos que saben callar, medir y ordenar sus palabras demuestran que poseen cierto dominio sobre sí mismos. Por eso el ‘tropiezo’ verbal tiene un peso mucho mayor que el físico, porque es mucho más grave el desajuste de los pensamientos que un mero traspiés.
Si se nos traban los pies y terminamos cayendo, se debe a un accidente externo o momentáneo y, aunque pueda causarnos vergüenza , dolor o incomodidad, no dice demasiado sobre quiénes somos.
Sin embargo, un fallo al hablar implica que se ha dejado escapar ira, arrogancia, indiscreción, crueldad, mentira o imprudencia, lo que sí afecta directamente al carácter moral de la persona. Para el estoicismo, el verdadero daño no es el que le ocurre al cuerpo, sino el que deteriora la razón y la virtud.
La frase también refleja una idea central del pensamiento estoico, esta es, que muchas desgracias humanas nacen de la incapacidad de controlar las reacciones inmediatas. Una caída física sucede en un instante y suele terminar ahí, pero una palabra dicha sin control puede permanecer años. Puede romper amistades, destruir la confianza, humillar a otro, provocar violencia o generar arrepentimientos imposibles de enmendar.
Lo que Zenón sugiere es que el ser humano subestima el poder destructivo del lenguaje. Un traspiés suele despertar compasión o incluso la risa, en cambio un malentendido o profusión verbal suele revelar algo escondido.
Para los estoicos eso era importante porque consideraban que las pasiones desordenadas por la lengua. Varios refranes populares o canciones orbitaban esta idea, como aquel que reza que “Por la boca muere el pez”.
Los estoicos valoran mucho el silencio reflexivo, no porque hubiera que callar siempre, sino porque la palabra debía pasar antes por el juicio racional. Epicteto, por ejemplo, insistía en que tenemos dos oídos y una sola boca para escuchar más de lo que hablamos. Séneca advertía continuamente contra la precipitación verbal nacida de la ira. Y Marco Aurelio escribía que una persona debía preguntarse si lo que iba a decir era necesario, verdadero y útil.
