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El oscuro pasado de la temida cárcel de Isla Coiba

El oscuro pasado de la temida cárcel de Isla Coiba
Ilustración: N. Fernández, Ensegundos.com.pa

La historia de la colonia penal de la Isla Coiba es uno de los capítulos más oscuros, temidos y, a la vez, fascinantes de la historia de Panamá. Durante décadas, el simple hecho de mencionar la palabra “Coiba” era sinónimo de terror, tortura y de un viaje sin retorno

Cómo funcionaba este “Alcatraz panameño” y cómo pasó de ser un infierno en la tierra a un paraíso ecológico:

 

Ilustración: I. Artificial

El nacimiento: Un penal aislado del mundo (1919)

La colonia penal fue fundada en 1919 bajo el mandato del presidente Belisario Porras. La idea original se inspiró en los modelos de cárceles insulares de la época (como la Isla del Diablo en la Guayana Francesa): utilizar el aislamiento geográfico del océano Pacífico y las corrientes traicioneras como muros naturales para evitar que los reos escaparan.

En sus inicios, se concibió como una colonia agrícola donde los reos comunes trabajaban la tierra y criaban ganado para autoabastecerse.

Los años de terror: Dictadura militar (1968 – 1989)

Con la llegada de las dictaduras militares de Omar Torrijos y, posteriormente, Manuel Antonio Noriega, Coiba se transformó radicalmente. Dejó de ser solo una prisión para delincuentes comunes y se convirtió en un centro de reclusión para prisioneros políticos y opositores al régimen.

Durante esta época, la isla se ganó su fama de “infierno verde”. Los testimonios de los sobrevivientes hablan de:

Los “Cuchilleros”: Los guardias (muchas veces de la Guardia Nacional) armaban a los presos más peligrosos y les daban el control de los campamentos, generando sangrientas guerras internas.

Torturas inhumanas: Se practicaba el castigo de amarrar a los presos desnudos a los postes bajo el sol del día y los mosquitos de la noche, o encerrarlos en “la ergástula”, celdas de aislamiento diminutas y oscuras.

Desapariciones: Muchos opositores políticos que fueron enviados a la isla jamás regresaron. Se dice que los cuerpos eran enterrados en fosas comunes anónimas o arrojados al mar para alimentar a los tiburones que rodeaban la isla.

La estructura: Los Campamentos

A diferencia de las cárceles tradicionales con un solo gran edificio, Coiba operaba mediante campamentos distribuidos por toda la isla (como el Campamento Central, Playa Blanca o San Juan).

Los reos de menor peligrosidad trabajaban al aire libre en la agricultura y la ganadería en los campamentos perimetrales, mientras que los más peligrosos y los políticos estaban fuertemente custodiados en el Campamento Central.

El inesperado efecto secundario: El “Guardaespaldas” de la naturaleza

Paradójicamente, el terror que inspiraba la cárcel fue lo que salvó a Coiba de la destrucción ecológica. Debido a que nadie se atrevía a acercarse a la isla por miedo a los guardias y a los reos que lograban escapar (quienes se escondían en la selva y eran extremadamente peligrosos), el 80% de los bosques de la isla se mantuvo virgen e intacto.

Mientras el resto del continente sufría por la deforestación, la fauna y flora de Coiba florecieron.

El cierre y la transformación en Patrimonio Mundial (2004)

Con el regreso de la democracia, la presión de los grupos de derechos humanos y el valor ecológico de la isla se hicieron insostenibles. En 2004, bajo el gobierno de Mireya Moscoso, se clausuró definitivamente el penal y los últimos reos fueron trasladados a prisiones en tierra firme.

Poco después, la isla fue declarada Parque Nacional y, en 2005, la UNESCO la nombró Patrimonio de la Humanidad, convirtiéndose en uno de los laboratorios naturales y destinos de buceo más importantes del mundo gracias a sus arrecifes de coral y su fauna endémica (como el mono aullador de Coiba).

El mito de los escapes

Oficialmente, se dice que nadie lograba escapar con vida de Coiba debido a la densa selva, los cocodrilos de agua salada en los ríos y los tiburones en el mar. Los pocos que lo intentaron y no fueron recapturados, presumiblemente murieron ahogados o devorados tratando de nadar los 30 kilómetros que separan la isla de la costa de Veraguas.

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