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Ellos trabajan para un equipo de fútbol que ya no existe

Ellos trabajan para un equipo de fútbol que ya no existe
Un santuario improvisado frente al estadio del Bury FC en Bury, Inglaterra, el 29 de noviembre de 2019. Faltan solo un par de semanas para que se liquide formalmente y el club que tiene sus raíces en 1885 deja de existir por completo. (Suzie Howell / The New York Times)

BURY, Inglaterra — Todos los días Michael Curtis sigue yendo al Gigg Lane, de lunes a viernes. Se estaciona a las 7:30 a. m., justo cómo solía hacerlo, y hace el corto recorrido hasta el edificio que está pasando un santuario improvisado con un revoltijo de bufandas, banderas y uniformes de diferentes equipos de los días en los que el Bury Football Club peleaba por su vida.

Más o menos media hora más tarde, los otros comienzan a llegar. Su madre, Joan, llega a las ocho de la mañana al club de fútbol en el que jugó su padre y donde ha trabajado durante casi medio siglo. La hermana de Michael, Lynne Kent, también asiste casi todos los días. Salvo por el puesto de entrenador, Joan y Lynne han ocupado casi todos los cargos imaginables en el club: mercadotecnia, administración, venta de abonos para la temporada.

Para las nueve de la mañana, ya llegó Gordon Sorfleet, el otrora gerente de medios del Bury —un cargo que siempre implicó mucho más en una operación modesta como la del Bury en comparación con las de los gigantescos clubes de Mánchester, que están en la misma calle, a más o menos 20 minutos de distancia—, y también Martin Kirkby, el gerente de bares.

Han pasado tres meses desde que el Bury, incapaz de cumplir sus obligaciones financieras o encontrar un dueño que remplazara al denostado Steve Dale, fue expulsado de la English Football League. Tan solo faltan dos semanas para que sea liquidado de manera formal, para que este club, cuyas raíces se remontan a 1885, deje de existir por completo. Ha sido una “muerte lenta”, comentó Curtis, y los encargados restantes anhelan su final definitivo. Solo cuando esto ocurra podrán empezar a trabajar para formar un nuevo club que lo remplace.

Por ahora, estos cinco —junto con dos miembros del personal en Carrington, las instalaciones de entrenamiento que el club le renta al Manchester City por una libra esterlina al año— son lo único que queda, los últimos remanentes de un equipo que cerró sus puertas, por última vez, en agosto. Son el último vínculo con 134 años de historia.

Pasan sus mañanas manteniéndose ocupados con trabajos extraños. Joan dejó en operaciones la lotería de los aficionados, y cuenta el dinero recibido en una sumadora que ha usado desde la década de 1970. Cada vez juega menos gente, mencionó: la mayoría está preocupada de que el dinero termine en manos de Dale. “Y nadie quiere darle un centavo”, comentó Curtis, su hijo.

En la actualidad, las responsabilidades de Sorfleet no van más allá de “un poco de limpieza”. Todos los bares del estadio fueron suspendidos, están cerrados o los clausuraron, así que el trabajo de Kirkby ahora es “lavar los platos, la mantelería, mantener el lugar seguro”. Le preocupa que la gente se trepe los muros, para jugar un partido de fútbol.

Curtis es la excepción. Fue el encargado del lugar durante 26 años. “¿Fui? No me gusta el tiempo pasado”, afirmó. Nadie ha jugado en el campo del Gigg Lane desde el 24 de julio, cuando el Blackburn Rovers jugó un amistoso de pretemporada antes de un torneo que, para el Bury, nunca empezó. Todavía no se sabe a ciencia cierta si alguien más volverá a jugar aquí.

No obstante, a pesar de todo, más o menos una vez a la semana —según el clima—, Curtis sale a cortar el césped, para cerciorarse de que el terreno de juego se conserve lo más prístino posible. Comentó que es un buen campo; está orgulloso de las instalaciones. “Lo hemos visto con otros clubes: el estadio queda en mal estado”, mencionó. “No queremos que se convierta en una ruina, sin importar qué suceda”.

Como los demás, Curtis no recibe un sueldo. No le han pagado en meses. La esperanza que guardan es que la liquidación al menos produzca un plan de indemnización por despido, el término británico para un pago por despido que podría darles parte de sus salarios perdidos. Sus amigos y vecinos piensan que debe ser “estúpido o estar loco” por seguir yendo a trabajar. Por lo menos su familia lo entiende: su madre y su hermana están aquí con él, después de todo. Además, conoció a su esposa en el club.

Sin embargo, él tampoco sabe con certeza qué es lo que los mantiene trabajando en este lugar. “Nos lo preguntamos a diario”, mencionó.

Ofrecen una variedad de respuestas. Hay una consideración práctica: dejar de ir podría afectar su indemnización, dependiendo de cómo sea liquidado el club.

El aburrimiento también es un factor. Sorfleet ha intentado encontrar trabajo, pero a sus 56 años se ha topado con que es “demasiado viejo” para los puestos que ha buscado. Para él, el abrupto final de un trabajo que alguna vez lo mantuvo ocupado casi toda la semana ha sido un cambio difícil. “Ahora odio los sábados”, opinó. “De hecho, ya no puedo ver casi nada de fútbol. Ni siquiera me fijo en los resultados”.

No está solo. Muchos de los aficionados del club se han topado con que los fines de semana ociosos también son desalentadores. Para llenar el vacío, un grupo ha comenzado a visitar los tres pubs de los alrededores del estadio (un pub distinto cada día), donde ven viejos partidos del Bury grabados en videocasetes y hacen su parte por ayudar a aliviar la escasez en los ingresos de estos establecimientos.

Es un gesto amable, pero es una gota en el océano. “Muchos de los pubs y cafés han tenido que despedir a su personal”, comentó Kirkby. “Dicen que uno de los pubs tal vez tenga que cerrar, solo porque no gana el dinero que obtenía los días de partidos”.

Sin embargo, los que más sienten su ausencia son los que le dedicaron la vida al Bury: tanto sus aficionados como sus empleados, el cuerpo y alma del club. Según Curtis, esa es la otra fuerza que los atrae a todos aquí. “Lo hacemos por amor al club”, señaló. “Es un asunto de lealtad”.

Curtis sabe, por supuesto, que el club ya no existe. “Está muerto”, sentenció. “No regresará. No hay teléfono, ni calefacción, ni internet. Pero queremos tener un cierre, no solo estar a la espera, a la deriva”.

Guarda la esperanza —todos la tienen— de que, en algún momento, brote una nueva vida de la antigua. Se rumora en el pueblo que un nuevo club, un equipo fénix, surgirá una vez que se celebren las últimas exequias del Bury.

Así que él llega con su hermana, su madre y dos de sus antiguos colegas todas las mañanas, como solía hacerlo. Y una vez a la semana, poda el césped. Por si acaso. “Si me dijeran que mañana jugamos un partido”, dijo, “el campo estaría listo”.

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