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Las enseñanzas del filósofo de la Selva Negra

Las enseñanzas del filósofo de la Selva Negra
Esta foto aérea muestra el estadio Parque Signal Iduna del club de la Bundesliga alemana Borussia Dortmund en Dortmund, Alemania occidental, el 8 de mayo de 2020.. Foto/AFP.

Christian Streich tiene que irse. Es consciente de que ya casi son las diez de la mañana y el entrenamiento está a punto de comenzar. Sus jugadores del SC Friburgo —a quienes llama “colegas”— pronto estarán en el campo, preguntándose dónde estará su entrenador. Casi pidiendo disculpas, nos pregunta si podríamos, quizás, terminar la entrevista con estas dos últimas preguntas.

Sus respuestas a esas preguntas incluyen una historia reciente del Friburgo, el equipo en el suroeste de Alemania que ha entrenado durante los últimos nueve años; un resumen de la geografía y la economía de la región, prestándole especial atención a cómo ambas se entrecruzan con la cultura futbolística de la ciudad, y un breve pero elocuente himno a la belleza de la Selva Negra.

Cuando terminó, las diez de la mañana habían pasado hace rato.

A Streich le encanta hablar. Habla con los ojos, los cuales bailan en todas las direcciones mientras intenta conseguir la palabra adecuada. Habla con las manos, las cuales realizan una compleja mímica en el aire no tanto para enfatizar un punto, sino para representarlo. Responde tan extensamente que sonríe con un gesto de disculpa por la tarea que le ha puesto al traductor.

Pero Streich, de 54 años, no debe ser percibido como un fanfarrón. Lo que Streich realmente ama, más que hablar, es pensar: explorar una idea hasta sus lugares más recónditos, cuestionando sus propias posiciones, investigando sus suposiciones. Lo que sucede es que le gusta pensar en voz alta.

También le gusta pensar sobre cualquier tema existente: desde el consumo ético (anima a sus jugadores a no comprar “pollos que han sido torturados durante toda sus cortas e indignas vidas”) pasando por el auge de la extrema derecha (“si no dejas clara tu posición tendrás parte de la responsabilidad una vez que las cosas empiezan a ir en una mala dirección”) hasta la complacencia del fútbol con la exageración (la presión, dijo, no es cuando batallas para evitar el descenso de tu equipo, sino cuando “temes tanto por tu vida que decides subirte junto a tus hijos a un bote y cruzar el Mediterráneo”).

En algunas ocasiones, Streich podría tener razones para preocuparse por el hecho de que es más famoso por lo que dice que por lo que hace: que el ser descrito como el filósofo residente del fútbol alemán de alguna manera desvía la atención del impresionante y silencioso trabajo que ha realizado. En el Friburgo, ha convertido a un equipo de pequeños presupuestos y modestas ambiciones en un pilar de la Bundesliga (no concede muchas entrevistas).

En otras ocasiones, Streich se convierte en una voz crucial: algo parecido a un portavoz no oficial de la conciencia social del futbol alemán, alguien dentro del deporte que está preparado para examinar las complejidades e hipocresías de su relación con el fútbol. Esta es una de esas ocasiones.

El limón exprimido

Todos los grandes filósofos tienen una paradoja. Esta es la de Streich. “Tengo un hijo”, dijo. “Tiene 10 años. Adora el fútbol, por supuesto. ¿Qué otra cosa podría hacer? Pobre chico”. Ven fútbol por televisión juntos. Streich tiene que hacerlo, por razones profesionales. Su hijo decide hacerlo, por gusto.

“Cuando termina el juego o llega el medio tiempo, apago el televisor inmediatamente”, dijo Streich. “Trato de reducirlo a solo el juego. Conozco mucha gente que hace lo mismo. No ven los avisos publicitarios ni escuchan ninguna crítica de personas que no lo entienden o que siempre son negativas”.

Y aun así Streich está muy consciente de que la complejidad industrial del fútbol —los anuncios publicitarios, los análisis y discusiones, esa parte que Streich considera poco saludable para su hijo— paga su salario.

“Me beneficio de las influencias dañinas”, afirmó.

Uno siente que Streich está en conflicto con muchas cosas del fútbol moderno. Hace algunos años, se convenció de que la actual encarnación del juego —la manera en la que hacía cualquier ajuste posible con dinero, el modo en el que está subyugado a intereses particulares— ya no era sostenible.

“Pensé que el fútbol no sobreviviría a esto”, afirmó. “El fútbol tiene muchos años en el filo de la navaja. Es un producto y puedes exprimirlo como un limón. Puede seguir exprimiéndolo y seguir sacando jugo. Y todavía hay jugo allí en este momento, pero la pregunta es cuánto tiempo las personas que lo adoran querrán ver este limón siendo exprimido y deformado”.

Más recientemente, su punto de vista ha cambiado. “Ahora creo que el fútbol sobrevivirá a cualquier cosa”, afirmó. “Incluso cuando existen personas que intentan explotarlo, el juego realmente le pertenece a aquellos que lo aman y no dejaremos que los que solo piensan en dinero nos lo quiten”.

Streich ama su deporte. Pero eso no significa que no vea sus fallas. Al contrario, las ve con mayor claridad. Ve las complejidades y las hipocresías. Todos los grandes filósofos tienen una paradoja.

’La base de la vida

El mes pasado, la decisión de la Bundesliga de regresar a la actividad —la primera entre las principales ligas de fútbol en intentar el reinicio— parecía darle vida a la paradoja de Streich: un ejemplo real de la tensión inherente entre el fútbol como negocio y deporte.

Fue primordialmente una decisión comercial. El no haber completado la temporada, según Christian Seifert, director ejecutivo de la Bundesliga, podría haber puesto en peligro la continuidad de más de una decena de clubes.

Pero para los poderosos grupos organizados de aficionados de Alemania, la mera idea de jugar fútbol cuando los fanáticos no pueden ir a los estadios era una herejía. Para ellos, esta fue la última exprimida del limón. Fútbol sin hinchas, en sus ojos, no es fútbol.

Streich no sintió el regreso de la temporada tan incómodo como podría haberse esperado. El día que las restricciones de cuarentena de Alemania se habían flexibilizado lo suficiente como para permitirle a sus jugadores entrenar en grupo, Streich se sorprendió por la mirada en sus rostros.

“Son económicamente ricos”, dijo. “Pero estaban tan felices. Aman este juego. No hay un jugador en el campo que solo tenga el dinero en mente”.

La otra historia

Lo que impresionó a Streich durante su primera degustación de un “Geisterspiel” —un “juego fantasma”, como se les conoce a los partidos a puerta cerrada en Alemania— era que sus jugadores podían escucharlo. Normalmente, sus instrucciones salían de su boca y se ahogaban en un océano de ruido. Ahora, su voz viaja mucho más lejos.

Las diferencias que notó aquel día contra el RB Leipzig fueron de ese estilo: superficiales, triviales. En su mayoría, el juego que vio era el mismo. No tan “emocional”, por supuesto, sin la presencia de los fanáticos en el estadio. “No tan poderoso”, debido a la ausencia de color, ruido y pasión en las gradas. ¿Pero en el terreno de juego? inmediatamente reconocible.

“El juego es un poco diferente, pero no es peor”, afirmó. “Algunas cosas son más sencillas para los jugadores, porque tienen menos presión. Para nosotros, lo fundamental es demostrar que, en una situación nueva y difícil para muchas personas, también podemos jugar buen fútbol. Eso es lo que queremos mostrar”.

En cada crisis, hay una oportunidad, y esta es la del fútbol. Todos quieren que los hinchas regresen, para que los juegos se disputen como antes. Pero hasta que llegue ese día, el fútbol debe buscar cualquier aspecto positivo que pueda de su situación. Debe aceptar su realidad.

“Muchas personas en Alemania tienen miedo, así como en otros países”, dijo Streich. “Hay miedo a la bancarrota. Muchas personas ven amenazada su existencia. Hay teorías de conspiración. Los teóricos de conspiración cuentan una historia y las personas aman las historias”.

“Es por eso que tenemos que contarles la otra historia, la real. Esa es nuestra gran responsabilidad: contar buenas historias durante estos tiempos difíciles. Podríamos decir, por ejemplo, que ahora que estamos jugando sin hinchas en el estadio, hay menos distracciones y se puede ver realmente lo que estamos haciendo”.

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