Las instalaciones médicas, con capacidad limitada y dañadas por el temblor, están saturadas por un gran número de pacientes
Cerca de 2.900 personas murieron en el devastador terremoto de hace cinco días en Birmania, informó el miércoles la junta militar que gobierna este país asiático y que anunció la reanudación de sus actividades defensivas contra los grupos rebeldes, según recogen agencia de prensa internacional.
Las posibilidades de encontrar personas con vida se desvanecen, pero el rescate de dos empleados de entre las ruinas de un hospital de Naipyidó, la capital, reavivó las esperanzas.
La junta publicó un nuevo balance de 2,886 muertos e indicó que 4,600 personas quedaron heridas tras el terremoto en Birmania. También señaló que 373 personas estaban desaparecidas.
Más allá del coste en vidas humanas, el sismo de magnitud 7.7 causó amplia destrucción en este empobrecido país, ya castigado por cuatro años de guerra civil.
Tres importantes grupos armados de minorías étnicas anunciaron el martes una pausa de un mes en las hostilidades para facilitar el despliegue de la necesaria ayuda humanitaria.

Previamente, las Fuerzas de Defensa Popular, un grupo creado por disidentes tras el golpe militar del 2021, habían anunciado también un alto al fuego parcial tras el sismo.
Sin embargo, el jefe de la junta militar, Min Aung Hlaing, replicó que iban a continuar las actividades defensivas contra los terroristas.
Algunas organizaciones humanitarias denunciaron que la respuesta al terremoto queda debilitada por los continuos combates entre el ejército y los distintos grupos rebeldes del país.
También emergieron reportes de bombardeos de las fuerzas armadas contra posiciones rebeldes después del sismo.

“No puedes pedir ayuda con una mano y bombardear con la otra”, denunció Joe Freeman, especialista sobre Birmania en Amnistía Internacional.
Julie Bishop, enviada especial de la ONU en Birmania, pidió a todas las partes «centrar sus esfuerzos en la protección de civiles, entre ellos los trabajadores humanitarios, y el suministro de asistencia».
Antes del terremoto, la ONU calculaba que 3.5 de birmanos, de una población de 50 millones, vivían desplazados por el conflicto interno, muchos de ellos en riesgo de hambruna.
«Desde luego, no tenemos ayuda suficiente», lamentó Ayethi Kar, de 63 años, directora de un colegio de monjas en Sagaing, la ciudad más cercana al sismo.
Los equipos de rescate aseguraron que una de cada tres casas quedó destruida en la localidad, afirmó la Organización Mundial de la Salud (OMS).