Promete que durará “cuatro a cinco semanas” pero sin fijar un final, mientras Hegseth niega que sea “otro Irak”, el Pentágono refuerza el despliegue sin descartar tropas sobre el terreno
Donald Trump ha procedido a decapitar de golpe a la teocracia iraní decapitar de golpe a la teocracia iraní, instalada en el poder desde 1979, sin explicar de forma clara y detallada al pueblo estadounidense los plazos y objetivos de la campaña, pese a haber hecho carrera política denunciando las guerras interminables de Irak y Afganistán y prometiendo que Estados Unidos no volverá a empantanarse en otra, informó el diario ABC.
Desde el inicio de las hostilidades este sábado, su gobierno ha ofrecido versiones divergentes, a ratos contradictorias, sobre el alcance y la duración de la operación. Y, en paralelo, se ha hecho visible otra anomalía en esta presidencia, la escasez de preguntas directas al propio Trump, un mandatario que suele buscarlas y contestarlas en casi cualquier escenario, salvo este.
La escena era idónea para una de esas largas conversaciones del presidente con la prensa.
Trump reunió este lunes a los corresponsales en la Sala Este de la Casa Blanca para una ceremonia de Medalla de Honor a militares estadounidenses, con el Ejército como escenario y el valor en combate como mensaje.

Fue un acto de condecoraciones, algunas a título póstumo, y de reconocimientos por acciones de mando, protección de compañeros y resistencia bajo fuego en guerras pasadas.
Pero Trump habló sin preguntas y se limitó a fijar su marco operativo. Presentó un objetivo central, impedir que Irán reconstruya su programa nuclear, y justificó la guerra como una operación para neutralizar, al mismo tiempo, el crecimiento del programa de misiles.
Enumeró cuatro objetivos operativos, destruir la capacidad de misiles y su producción, anular la capacidad naval, impedir que Irán obtenga un arma nuclear y cortar su capacidad de armar, financiar y dirigir milicias fuera de sus fronteras.
Como plazo, dijo que desde el principio la Casa Blanca proyectó “cuatro a cinco semanas” y lo dejó como cifra representativa de la duración prevista, aunque añadió que está dispuesto a prolongarlo “lo que haga falta”.
A Trump se le veía algo cansado, a ratos con gesto preocupado. Su Gobierno había admitido la muerte de cuatro uniformados norteamericanos. Presentaba un raspón en el cuello, sumado a los moratones en las manos de hace meses. Su energía torrencial de meses pasados estaba ausente.
Tampoco el jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine, quiso comprometerse a un calendario tan concreto. Estaba en esa misma sala de la Casa Blanca y, horas antes, en el Pentágono, había dicho que Estados Unidos está reforzando sus fuerzas en Medio Oriente, con el envío de más tropas y cazas, a medida que se amplía la guerra en Irán.

Caine afirmó que “este trabajo apenas comienza y continuará” y rechazó dar la cifra exacta del tamaño total de la fuerza.
Por su parte, en el mismo foro militar, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, insistió en que el conflicto no se convertirá en uno de los compromisos largos de otras guerras de Estados Unidos en la región.
Dijo “esto no es Irak” y “esto no es interminable”. A la vez, evitó descartar de forma tajante un despliegue terrestre y se negó a detallar qué haría o dejaría de hacer EE.UU. sobre el terreno.
El secretario de Estado, Marco Rubio, tampoco aportó claridad cuando este lunes acudió al Capitolio para informar a los legisladores sobre la marcha de la guerra.
Aseguró a la prensa que Estados Unidos atacó a Irán porque “sabíamos que iba a producirse una acción israelí”, dijo en referencia a la voluntad de su gran socio regional a emprender una operación militar contra la República Islámica.
“Sabíamos que eso precipitaría un ataque contra las fuerzas estadounidenses”, añadió el jefe de la diplomacia de Estados Unidos.
“No íbamos a quedarnos sentados y absorber el golpe”, explicó Rubio, que añadió otra razón novedosa a los ataques: eliminar la capacidad de misiles de Irán, porque serviría para proteger su programa nuclear.
“Los objetivos de esta operación son destruir la capacidad de misiles balísticos y asegurarnos de que no pueden reconstruirla y que no pueden esconderse detrás de ellos para tener un programa nuclear”, dijo.
En campaña, Trump prometió que no habría más guerras interminables como Irak y Afganistán. Fue su bandera política, repudiar que aquellos dos conflictos iniciados por George W. Bush y mantenidos por Barack Obama sin un cierre político claro durante las presidencias posteriores se convirtieran en un desgaste permanente para Estados Unidos con más de 7.000 muertos entre sus soldados y un coste humano enorme para la población civil de ambos países.
La comparecencia del lunes fue la primera de la administración Trump desde que Estados Unidos e Israel atacaron Irán el sábado.
El sábado y el domingo el presidente se manejó con vídeos grabados, difundidos en sus redes, y con mensajes largos por escrito. La prensa le esperó el domingo por la noche a su llegada a Mar-a-Lago, pero no hubo preguntas ni declaraciones. Entró en la residencia y, en un gesto de normalidad calculada, invitó a los reporteros a ver dos nuevas estatuas que ha instalado en la zona exterior, Benjamin Franklin y Thomas Jefferson, antes de dar por cerrado el contacto y desaparecer tras las puertas de la mansión.
En junio del año pasado Trump anunció el final del programa nuclear iraní, destrozado en el ataque Martillo de Medianoche.
Al anunciar el ataque, Trump fijó sus objetivos con una lista explícita. Dijo que Estados Unidos iba a “destruir sus misiles y arrasar su industria de misiles hasta el suelo”, que iba a “aniquilar su Marina”, que se aseguraría de que las milicias aliadas de Teherán no pudieran seguir desestabilizando la región ni atacar a las fuerzas estadunidenses, y que no pudieran volver a usar artefactos explosivos para herir o matar a miles de personas, incluidos estadunidenses.
Y remató con el núcleo del mensaje. “Nos aseguraremos de que Irán no obtenga un arma nuclear. Es un mensaje muy simple. Nunca tendrán un arma nuclear”.
Pero, al mismo tiempo, Trump ha deslizado un objetivo político que va más allá de misiles y centrifugadoras.
En otro mensaje de estas horas animó a los iraníes a tomar el poder, en una admisión de que la campaña incluye un componente de cambio de régimen, el mismo instaurado en 1979 bajo el lema de “Muerte a Estados Unidos”.
Llamó explícitamente a la Guardia Revolucionaria, al Ejército y a la policía iraníes a deponer las armas y “recibir inmunidad total” o enfrentarse a una “muerte segura”.
Convocó a “todos los patriotas iraníes que anhelan libertad” a “aprovechar este momento” y “recuperar su país”. Dijo “América está con ustedes” y cerró con una frase que traslada el desenlace al interior de Irán. “El resto dependerá de ustedes, pero estaremos ahí para ayudar”.
En paralelo, Trump ha intentado sostener dos mensajes a la vez. Por un lado, ofrece una salida individual al aparato de seguridad iraní, al pedir a la Guardia Revolucionaria, al Ejército y a la policía que depongan las armas a cambio de “inmunidad total”, o se enfrenten a una “muerte segura”. Por otro, abre la puerta a conversaciones al afirmar que ha aceptado hablar con el nuevo poder en Teherán, sin aclarar el marco ni el calendario de esas negociaciones.
La ambigüedad se extiende al terreno de guerra. La administración insiste en que no hay tropas estadunidenses sobre el terreno en Irán, pero no descarta que las haya.
En el Pentágono, Hegseth evitó comprometerse con un no rotundo y se negó a entrar en qué hará o dejará de hacer Estados Unidos. Caine dijo que Estados Unidos puede “sostener la lucha” contra Irán, mientras confirmaba que se están reforzando fuerzas en Medio Oriente con más aviones y más tropas.
En el Pentágono, Hegseth calificó de “estúpidas” las reglas de enfrentamiento destinadas a regir guerras y proteger civiles y describió los bombardeos como “retribución contra su ayatolá y su culto a la muerte”. También dijo que están “muy lúcidos” sobre las políticas del pasado que arrastraron a Estados Unidos a conflictos sin objetivos claros.
