Durante su campaña presidencial a finales del 2024, el candidato Donald Trump repitió varias veces que el Canal de Panamá nos había sido vendido en 1977 “por un dólar” durante la presidencia del demócrata Jimmy Carter. Repitió otras mentiras, como que durante la construcción del Canal habían muerto 35,000 estadounidenses cuando en realidad no sumaron más de 300, ya que los que más fallecieron fueron afroantillanos y chinos a quienes les ponían los trabajos más difíciles y menos remunerados, quienes además vivían en los sitios más paupérrimos.
En aquellos momentos nuestro gobierno señaló, con justa razón me atrevo a opinar que, si Trump resultaba electo y seguía diciendo lo mismo, se le refutarían las falsedades que esgrimía.
Así fue, pero las mentiras continuaron y se le añadieron otras como que los puertos en Cristóbal y Balboa, concesionados por la empresa china Hutchinson Whampoa, eran custodiados por soldados de República Popular China. Una soberana falsedad.
A tres semanas de instaurado Trump, el 20 de enero, nos visitó el Secretario de Estado Marco Rubio. Nos plantearon que, además de expulsar a la “influencia maligna” de China en Panamá, refiriéndose a los puertos administrados por Hutchinson, debíamos exonerar del pago de peajes a los barcos de guerra de Estados Unidos al cruzar el Canal, dado que ellos habían construido la vía y debíamos ser agradecidos por esa generosidad.
A pesar de que se les reiteró que eso no era posible porque violaría el Tratado de Neutralidad, persistieron en esa petición por varios meses, hasta que de repente no hablaron más del tema. Según el dirigente político del PRD, Mitchel Doens, eso ocurrió al haber aceptado Panamá asumir el costo, bajo cuerda, con partidas secretas destinadas al Consejo de Seguridad Nacional, afirmación nunca aclarada por el gobierno y que, de ser cierta, violaría el Tratado de Neutralidad del Canal y podría enmarcarse como un delito de peculado.
Después vino el secretario de Defensa Hegseth, visita en la que se firmó el polémico Memorando de Entendimiento que, para algunos, significa permitir bases militares estadunidenses en Panamá y para el gobierno una simple autorización para que sus soldados entrenasen a la Policía Nacional.
Los que cuestionaron ese Memorando, como Martín Torrijos y Ricardo Lombana, entre otros, además de llevarse severas críticas del presidente Mulino, como represalia la embajada gringa les quitó las visas para ingresar en su país.
Las polémicas en la historia de Panamá datan de 1903 cuando un francés firmó el tratado del Canal con Estados Unidos y así pudimos ser independientes de Colombia. Esa lucha generacional, que culminó con los violentos acontecimientos del 9 de enero de 1964, puso el nombre de Panamá en el tablero de los conflictos regionales que, siendo el general Torrijos jefe de Estado, promovió la solidaridad mundial para, finalmente, lograr que el Canal, construido sobre nuestra tierra, pasara a manos panameñas en 1999.
Como lo ha reiterado varias veces el presidente Mulino, es indiscutible que el Canal solo le pertenece a Panamá, siendo totalmente falso que su devolución costó un dólar.
Sin embargo, esa solidaridad internacional que el general Torrijos promovió para nuestra causa parece haberse desvanecido. La misma ahora se manifiesta, más que en principios de reivindicación continental y principios de justicia, en términos eminentemente pragmáticos económicos, haciéndole la mejor cara al insaciable Donald Trump.
Eso fue lo que muchos vimos en la cumbre Escudo de las Américas convocada recientemente por Trump en uno de sus hoteles en Miami. Los 11 mandatarios allí presentes, que tomaron como mofa y rieron cuando Trump habló del gran negocio inmobiliario que Panamá hizo al comprar el Canal por “un dólar”. Parecieran ser los mismos que lo aplaudirían si cumple su reiterado deseo de tomar “su Canal favorito” que, aunque no le guste, solo le pertenece a Panamá.
Frente a esa posibilidad, imaginaria y especulativa para unos, pero real y factible para otros, debemos estar preparados los panameños.
¿Cómo logramos hacerlo?
Nuestros gobernantes, despojándose de la idea de que las relaciones internacionales solo deben ser atendidas por el presidente de la República y de que no necesitamos que nadie nos ayude, particularmente en nuestras relaciones con Estados Unidos, deben promover la mayor unidad nacional sumando a esa nueva amenaza a los mejores panameños y a todo aquel que en el mundo esté dispuesto a solidarizarse con Panamá.
Así lo logró el general Torrijos y esa lección debe comprenderla el presidente Mulino.
