La cumbre de Pekín escenifica una tregua frágil entre gestos de cooperación y promesas de estabilidad
Hay cumbres que se miden por lo que anuncian y otras por lo que dejan caer entre líneas. La de este jueves en la capital china fue, sin duda, de las segundas.
Por fin, Donald Trump y Xi Jinping se estrecharon las manos en el Gran Salón del Pueblo y después recorrieron el Templo del Cielo, el preferido de Kissinger, un complejo imperial declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, que cuenta con siglos de antigüedad y está vinculado a rituales, el orden cósmico y la autoridad política. Fotos, protocolo, brindis y declaraciones de cortesía. La intención latente, sin embargo, fue otra, informó el diario La Razón.
El gigante asiático aspira a establecer reglas para su competición con Estados Unidos y así evitar que su pugna acabe arrastrando al conjunto del sistema internacional. Comedido, Xi verbalizó la tesis central: “El mundo cambia rápido, es inestable, y en ese escenario cabe preguntarse si ambas naciones pueden esquivar la llamada trampa de Tucídides -ese patrón histórico en el que una potencia emergente y una establecida se estrellan- y construir una relación blindada contra la discordia”.
Posteriormente, en un banquete deleitó a su audiencia al aseverar que la gran revitalización del imperio y la restauración del esplendor estadounidense son metas complementarias.

Pero la jornada no dejó concesiones concretas. Lo que Xi ofreció fue dirección política y control de daños, envuelto en una fórmula que resumió como “estabilidad estratégica constructiva” con cooperación como base, competencia acotada, diferencias administrables y un horizonte de paz “previsible”.
Es una propuesta para transformar la fricción en un reparto negociado de espacios y límites, con mecanismos que permitan gestionar crisis y frenar la inercia de confrontación antes de que se salga de control.
El contenido político más sustantivo llegó en el apartado que China considera su piedra angular: Taiwán. Xi la consagró como el eje motor de las prioridades y la vinculó al riesgo de un repunte de hostilidades. “La cuestión de Taiwán es el factor determinante de nuestro dialogo”, amenazó. Y fijó una condición: “Si se gestiona correctamente, la cooperación gozará de estabilidad general. Si se gestiona mal, tendremos encontronazos e incluso colisiones, poniendo en grave peligro todo vínculo”.
El Ministerio de Exteriores chino apuntaló la postura. La portavoz Mao Ning aseguró que la independencia taiwanesa y la paz en el Estrecho son “incompatibles como el fuego y el agua”. Pekín presenta la controversia como prueba de coherencia estratégica y factor que puede contaminar el resto de la agenda.

En paralelo, ambos dignatarios intercambiaron puntos de vista sobre otros frentes abiertos como la situación en Medio Oriente, la guerra en Ucrania o la península de Corea. La reunión sirvió para ordenar prioridades, pero la “isla rebelde” reapareció como el dossier que condiciona a todos los demás.
Mientras el anfitrión hablaba en clave de advertencia, su huésped eligió el registro más raro en él: El de la omisión controlada. Cinco preguntas de la prensa invitada sobre si Taiwán apareció en la conversación y cinco esquivas. Silencio primero, y después un cierre insólito comentando que todo “ha sido estupendo” y que “China es hermosa”. La cadena CNN describió a un Trump “inusualmente contenido”. Para un presidente que suele gobernar el foco, aquí pareció administrar el vacío.
Esa contención tiene una lectura operativa. Antes de que el Air Force One aterrizara en Zhongnanhai, en Washington ya circulaba un elemento de contexto que condiciona cualquier conversación con China.
El ritmo -o la pausa- de la asistencia militar a Taiwán. Fuentes del Capitolio sostienen que la Casa Blanca habría ordenado congelar temporalmente un paquete de venta de armas valorado en unos $14,000 millones, impulsado por el Congreso en enero, con componentes ligados a defensa aérea incluidos interceptores Patriot— y equipamiento antidron.
El argumento atribuido a esa decisión fue no introducir un factor de fricción adicional antes del cara a cara con Xi.
Taipei en cambio, no interpreta las señales como garantías. Tras la reunión, la portavoz gubernamental Michelle Lee recordó que “Washington ha reafirmado repetidamente su apoyo claro y firme”. El Ministerio de Exteriores taiwanés fue más directo y señaló que China es “el único riesgo para la paz y la estabilidad regional”, citó el acoso militar y las actividades en zona gris en el Estrecho, y remató que ” no tiene ningún derecho a hacer declaraciones en nombre de Taiwán”.
La isla acompaña esa retórica con la gramática del presupuesto, ya que la semana pasada, su Parlamento aprobó un plan especial de defensa de $25,000 millones.
En la superficie, ambos mandatarios compitieron en grandilocuencia. Xi abrió con una línea que resumía su posición: “Debemos ser socios, no rivales. Las dos partes tienen todo que ganar con la cooperación, las guerras comerciales no tienen ganador”.
Trump, fiel a su estilo, elevó la apuesta: “Es un honor estar a su lado y ser su amigo. Nuestras relaciones van a ser mejores que nunca. Vamos a tener un futuro fabuloso juntos.” Llegó a llamarla “la mayor cumbre de la historia”. El líder chino, más medido, señaló que el mundo está “en una encrucijada” y que su cooperación es imprescindible para la certeza global.
Dos horas y cuarto en el Gran Salón del Pueblo bastaron para medir fuerzas, fijar un perímetro de lo posible y vender que nadie ha cedido. El parte chino apuntó a “avances equilibrados y positivos”, buscando acotar expectativas.
