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La decadencia occidental, el dogma del comunismo chino

La decadencia occidental, el dogma del comunismo chino
Xi Jinping, presidente de China. Europa Press

Xi Jinping califica como “una nación en declive” a Estados Unidos y Trump lo acepta al culpabilizar de ello a Joe Biden

La erosión de la primacía estadunidense rara vez cristaliza en las cumbres formales; con mayor frecuencia, se filtra a través de las fracturas de su polarización política. No obstante, Trump amaneció el viernes con un mensaje en Truth Social que introdujo una derivada de calado en la competencia ideológica entre rivales, informó el diario La Razón.

“Cuando el presidente Xi describió con gran elegancia a Estados Unidos como una nación quizá en declive, se refería al enorme deterioro que sufrimos durante los cuatro años del Somnoliento Joe Biden”.

Aunque la veracidad de dicha cita carezca de cualquier sustento verificable, su articulación introduce una asimetría en la pugna entre ambas potencias. Al instrumentalizar la mirada de Pekín como arma arrojadiza contra sus rivales internos, la figura central del conservadurismo estadounidense valida, de facto, la premisa del revisionismo chino.

El expresidente de EE.UU., Joe Biden, en una foto de archivo. EFE/EPA/MANDEL NGAN / POOL

Desde el colapso financiero global del 2008, la estrategia del Partido Comunista ha pivotado sobre un postulado inmutable: La inexorabilidad de la decadencia occidental.

Ese andamiaje intelectual no interpreta el empuje asiático como una coyuntura fortuita, sino como la restitución de una normalidad histórica tras un largo paréntesis de hegemonía atlántica. Dicho concepto ha probado ser una herramienta indispensable para blindar la cohesión social frente a la desaceleración económica, magnetizar las lealtades del Sur Global y neutralizar el poder normativo que Estados Unidos históricamente ha ejercido en instituciones multilaterales.

Al admitir la existencia de una contracción nacional -incluso si se circunscribe tácticamente al mandato de su predecesor para subrayar un supuesto resurgimiento propio-, la retórica republicana asimila el diagnóstico de su mayor rival.

En el teatro de operaciones del poder blando, esa convergencia discursiva representa una abdicación simbólica de valor. China cosecha así un dividendo formidable que no exige coerción económica ni despliegue naval, pero que legitima su cosmovisión desde las entrañas del propio debate estadunidense.

Para los estrategas en Zhongnanhai, la asunción de esta narrativa por parte de líderes foráneos opera como multiplicador de fuerza. Proporciona material de alta credibilidad para su diplomacia pública, proyectando la idea de que la pérdida de centralidad de la superpotencia es ya una certidumbre aceptada en su fuero interno.

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