No hay empleos, ni materiales para reconstruir las casas bombardeadas; las basuras no se pueden recoger porque no hay combustible; Israel sigue impidiendo el libre flujo de ayuda humanitaria
El plan de paz de Trump sigue estancado en su segunda fase. Hamás no entrega las armas mientras Israel sigue atacando y ha pasado de controlar el 50% al 62% de Gaza, informa el diario español El Periódico.
Han pasado ya más de seis meses desde que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas adoptó la resolución 2803, por la que se formaba la Junta de Paz creada por Donald Trump.
Se oficializaba con ella un alto al fuego temporal entre Israel y Hamás. Se prometía un mayor volumen de entrada de ayuda humanitaria en Gaza. Se establecía un plan de 20 puntos que, por fases, debía consumar en la reconstrucción de la Franja, arrasada tras más de dos años de la campaña de exterminio israelí. La milicia islamista debía desarmarse y traspasar el control del gobierno a un comité tecnócrata palestino controlado por la Junta de Paz.
Nada de eso ha ocurrido. 800,000 personas malviven actualmente en tiendas de campaña y refugios improvisados en Gaza, con acceso limitado a la atención sanitaria, al agua y a los sistemas de saneamiento, informa Save The Children.

Los campamentos de desplazados están llenos de ratas. Hay plagas de chinches y piojos. Proliferan enfermedades nunca vistas en la Franja. Hay una epidemia de sarna.
Israel solo deja pasar camiones comerciales (productos para vender, en lugar de gratuitos y provistos por las agencias internacionales), por lo que se pueden encontrar teléfonos móviles en los mercados, pero no hay carne, ni tampoco pescado porque la Armada israelí no permite faenar en la costa gazatí. Escasean las verduras, porque las Fuerzas de Defensa de Israel arrasaron casi toda la tierra cultivable.
Al menos 880 palestinos han sido asesinados y 2,605 han resultado heridos por ataques israelíes en Gaza desde la entrada en vigor del alto al fuego, el pasado 10 de octubre, según el Ministerio de Sanidad de Gaza.
Los más necesitados, simplemente, sobreviven: Buscan comida y agua suficiente para llegar al final del día. “El alto el fuego no ha dado a la gente la posibilidad de volver a sus vidas. No pueden volver a sus casas. No hay ningún atisbo de reconstrucción de nada, no hay materiales de reconstrucción en Gaza”.
La situación sanitaria sigue siendo infernal, según la describen los consultados.

Si en invierno el problema era el frío y las enfermedades cardiorrespiratorias, con el calor los problemas sanitarios provocados por la acumulación de basura, el hacinamiento y las aguas contaminadas se agravan.
“Los camiones de basura no pueden funcionar porque no hay gasolina. Las basuras se acumulan. Eso, con el inicio del verano, genera una situación de plagas de insectos, piojos, pulgas, roedores. Vemos un número importante de mordeduras de roedores; no en números ingentes, pero empiezan a llegar a los hospitales. Y hay una epidemia de enfermedades cutáneas, como la sarna, producto de unas condiciones paupérrimas. El agua potable continúa siendo escasa, los hospitales no tienen los medicamentos necesarios”, apunta el responsable de Médicos Sin Fronteras (MSF).
Por supuesto, no hay una atención médica sostenida. “No podemos tratar a los diabéticos, porque hemos tenido que interrumpir el tratamiento a largo plazo de la insulina”, explica. “Continuamos viendo unos niveles de malnutrición inéditos en la Franja. No son los de hace seis meses, pero no eran propios de Gaza. Nunca hubo ninguna necesidad. Ahora, continuamos teniendo mujeres y niños malnutridos”.
Los datos de la oficina de coordinación humanitaria de la ONU OCHA apuntan en la misma dirección. En su informe del 15 de mayo registró más de 82,000 niños de entre seis y 59 meses examinados por malnutrición aguda; 2,923 fueron admitidos para tratamiento, incluidos 507 con malnutrición aguda severa.
También fueron examinadas más de 64,000 mujeres embarazadas y lactantes, de las que 2,147 recibieron tratamiento por malnutrición.
Son muy pocos los que en Gaza tienen empleo y sueldo: Los que trabajan para ONG internacionales o para el gobierno.
La vida cotidiana se ha reducido a una suma de carencias. Quienes conservan una vivienda lo hacen muchas veces en edificios perforados por las bombas.
El plan de paz sigue estancado en la segunda fase, la que debería suponer el desarme de Hamás y la retirada progresiva de Israel, así como la creación de una administración tecnocrática palestina y la reconstrucción de la Franja.
La semana pasada, en una rueda de prensa en Jerusalén, Nickolai Mladenov, enviado de la Junta de Paz para Gaza, advirtió de la urgencia de desbloquear el proceso y del riesgo de que el estatus quo se enquiste sobre una población exhausta. “La gente de Gaza no puede esperar más”, dijo.
Israel no solo mantiene el control de una amplia franja del territorio gazatí, sino que lo ha ampliado desde el inicio de la tregua del 50% al 62%. Mladenov advierte contra la posibilidad de que Israel decida levantar un muro en esa línea amarilla, encerrando a la población de Gaza en todavía menos territorio.
En ese paisaje, la expresión “alto el fuego” se vuelve una burla. Caen menos bombas, pero no entra lo necesario para reconstruir, curar, limpiar, alimentar. No se puede volver a un hogar.
La fase dos del plan de paz no avanza. La línea amarilla se mueve. La ayuda humanitaria llega tarde, mal o convertida en mercancía. Y Gaza queda atrapada en una tregua que ha reducido el estruendo de la guerra, pero no ha devuelto a sus habitantes una vida decente.
