Mis primeros encuentros personales con Nicolás Maduro Moros sucedieron en la OEA, a mediados del 2009. El continente americano se estremeció con el golpe de Estado en Honduras el 28 de junio de ese año. El presidente Zelaya fue sacado en pijamas de su residencia por un pelotón de militares y llevado en avión a Costa Rica.
Zelaya, liberal, pero convertido al chavismo, se volvió autoritario, pretendiendo reformar la constitución para perpetuarse en el poder. Esa acción antidemocrática alertó los mecanismos de emergencia de la OEA y se convocó a una reunión urgente de presidentes.
Faltaban dos días para la toma de posesión presidencial en Panamá de Ricardo Martinelli y ya yo había sido anunciado como el próximo representante permanente de Panamá en la OEA.
La Asamblea General se hizo en Washington el 4 de julio. Eso me hizo apresurar mi viaje para llegar a tiempo y tomar el puesto de Panamá en la reunión que abordaría la crisis en Honduras.
Me posesioné del cargo el 3 de julio, viajé al día siguiente y llegué directamente a la cita. Allí me topé con el flamante ministro de Relaciones Exteriores de Chávez, Nicolás Maduro. Era la época de oro del chavismo y mostraba la prepotencia de quien tiene el control de todo para condenar el golpe a su incondicional Zelaya.
Estaban presentes dos presidentes, Cristina Fernández de Argentina y el obispo Fernando Lugo del Paraguay, ambos seguidores de Chávez. Lugo, por lo del orden alfabético, sentado a mi lado. Ambos actuaban como títeres de Chávez.
Conocí al Maduro, además de ignorante, altanero y arrogante. Dirigía con despotismo a los representantes de países que se habían alineado con la condena a lo ocurrido en Tegucigalpa. Me dio muy mala impresión.
Fueron múltiples las quejas tanto verbales y escritas que hizo llegar a la cancillería panameña sobre lo que yo decía en la OEA. En una ocasión, al presentar el presidente Uribe de Colombia una grave denuncia ante la OEA sobre presencia de guerrilleros colombianos en tierras venezolanas, denuncia que obviamente fue negada por Venezuela, presenté un proyecto de resolución que decía: “Si Colombia denuncia un hecho y Venezuela lo niega, lo que procede es nombrar una comisión para investigar quién tiene la razón”. Por supuesto que fue negado.
Eso produjo la ira del canciller Maduro, desmedidamente se quejó por escrito, ante su homólogo al entonces expresidente y excanciller Juan Carlos Varela, por mi actuación.
Yo aprovechaba cualquier oportunidad para censurar todo hecho violatorio de derechos humanos. Venezuela incluida.
Todos quedaron sorprendidos cuando traje al tapete el caso de la juez detenida, María de Lourdes Affiuni, quién liberó a un inocente, pero que Chávez quería que fuera mantenido en prisión. La detuvieron y fue vejada y violada repetidamente mientras estuvo presa, hecho que Chávez celebró casi que públicamente.
La cereza del pastel se produjo cuando el 10 de enero del 2013 juramentan a Maduro presidente, en momentos en se decía que Chávez estaba enfermo, aunque posteriormente se supo que ya había muerto en Cuba. A quien le correspondía asumir temporalmente el cargo era al presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, pero Cuba impuso a Maduro.
El asunto llegó ese 13 de enero al Consejo Permanente de la OEA donde denuncié lo que ocurría, en lo que sería la primera vez que se cuestionaba esa dictadura en un foro multilateral.
El régimen de Maduro pidió mi cabeza. El presidente Martinelli, ante la amenaza de que se rompieran relaciones con Panamá, me sacrificó, destituyéndome deI cargo, a pesar de que la Cancillería sabía lo que yo planeaba. En Caracas, el presidente Maduro, en cadena nacional, celebró que yo estaba fuera de la OEA, felicitando al presidente panameño.
Fuera de mi trabajo diplomático continué fustigando a Maduro. Tras investigaciones de un grupo, denuncié que Maduro, nacido en Cúcuta, Colombia no podía ser presidente porque no había nacido en Venezuela, requisito constitucional para serlo.
Se formó un escándalo negando lo que había señalado, pero jamás probaron con una partida de nacimiento que había nacido dentro de Venezuela. A grandes titulares en los diarios de su país, Maduro me señaló como un “demente”. Me sacó de la OEA, pero seguí jodiendo.
Siempre he apoyado la defensa de la democracia en Venezuela y siento alivio que todo se percibe como el principio del fin de una nefasta y criminal dictadura. Quien podía haber pensado, solo días atrás, que Maduro iba a tener las manos esposadas camino a una cárcel en Nueva York.
Se aplica aquello de que todo lo que comienza mal, termina mal. Y muy mal, por cierto.
