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Las visas como arma política

Las visas como arma política
Analista político, Willie Cochez.

En 1967 entré a trabajar en la empresa IBM. Me contrataron para ser vendedor de computadoras, con el ostentoso cargo de Ejecutivo de Sistemas. Tenían que entrenarme en un centro educativo en Pittsburg, Pensilvania. No me dieron la visa y esa capacitación la hice con estudios en Centro América y México.

Nunca supe porque me negaron la visa. No había viajado a Estados Unidos antes, lo cual hice en 1972 al ir a obtener una Maestría en la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans.

Atribuí el hecho de la negativa a que, estando en la universidad, un amigo de mi padre, el diplomático John Taylor, como él, miembro del Club de Leones, me abordó con una extraña petición. Me preguntó si yo aceptaría informarle a su embajada el nombre de los comunistas en la Facultad de Derecho. De salida me negué y más nunca tocamos el tema. Quizás por eso me colocaron en algunas de las listas en que ahora te encasillan.

60 años pareciera haber reverdecido el macartismo anticomunista del pasado. De la noche a la mañana, China, principal socio comercial de Estados Unidos, se ha convertido en el enemigo maligno de todos los países que tenemos relaciones diplomáticas con ellos.

Panamá no ha sido la excepción. Comenzaron con los puertos llegando a afirmar alegremente que aquellos, administrados por Hutchinson Ports, a través de Panamá Ports Company (PPC), con puertos en Cristobal y Balboa, eran custodiados por soldados del ejército chino. Una total mentira. Ahora celebran que se los quitaron, aunque no dicen nada sobre la mina de Donoso donde también hay inversionistas chinos.

La Corte Suprema de Justicia (CSJ) declaró el 29 de enero la inconstitucionalidad de ese contrato, obligando a PPC a abandonar el país. Lo perverso del caso es que las noticias sobre esa decisión se conocieron en la mañana en Washington, mucho antes de que lo anunciara la CSJ acá en horas de la noche.

El asunto trasciende más allá de eso. Durante el gobierno de Martinelli tuve acceso a información que compartí con su ministro de Seguridad, José Raúl Mulino.

Tenía conocimientos de que el embajador de Venezuela y su equipo visitaban sitios en el interior promoviendo los círculos bolivarianos, que era sabido que lo último que harían era discutir sobre la vida del Libertador Simón Bolívar. Eran cursos de adoctrinamiento, aupados por los ñángaras locales. La Cancillería solicitó a los venezolanos interrumpir tales actividades.

En la actualidad, con todas las políticas desarrolladas por los estadunidenses frente a China, observamos una especie de competencia entre sus embajadores para ver quién puede acercarse más a las autoridades locales, siendo común ver fotos de sus representantes diplomáticos en diferentes localidades.

Excelente, porque es una buena forma para ayudar a la gente del interior.

Lo que no me parece correcto son algunos métodos utilizados. He sabido que varias alcaldías importantes, incluida la de Panamá, firman acuerdos con los estadunidenses que les prohíbe contratar equipos tecnológicos de países que no hayan suscrito el Convenio de Budapest, que regula desde el 2001 la lucha contra la ciberdelincuencia y la protección de la seguridad de las redes de las telecomunicaciones.

Al no haber China ratificado ese Convenio, les impide a esos municipios adquirir productos de comunicación chinos. Sé que por lo menos una alcaldía importante se ha negado a firmar ese acuerdo.

Igualmente conozco de casos donde, so amenaza de quitarle la visa estadunidense a sus directivos, algunas empresas y firmas de abogados, han cortado por temor los vínculos que tenían con sus clientes chinos.

Eso no es propio de ningún país que se dice democrático. Cómo que ahora, además de la licencia comercial para operar un negocio, debemos lograr el OK de la embajada estadunidense.

Ya en una ocasión me solidaricé públicamente con Annette Planells porque el embajador de Washington la llamó públicamente “extorsionadora”, acusándola de ese delito grave sin tener ningún derecho para hacerlo. Ahora vemos el fuera de lugar “dime que te diré”, sostenido por ese diplomático con un diputado del PRD.

Cualquier relación que Panamá tenga con otros países, debe ser ejercida con respeto a las autoridades y al pueblo panameño. Los insultos no son bienvenidos en el mundo de la diplomacia. Eso es lo que nos convierte históricamente en un país democrático, respetuoso con quienes nos respetan.

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