“Estamos bien”. Dos palabras que, después de los terremotos del pasado miércoles en Venezuela, dejaron de ser una respuesta para convertirse en un acto de supervivencia
Al otro lado del teléfono, la voz tiembla. Hay segundos de silencio que parecen eternos. La llamada entra, se corta, vuelve. Y cuando finalmente alguien responde, no pregunta por la casa, ni por el carro, ni por las pertenencias. Solo quiere escuchar una frase: “Estamos bien”.
Pero muchas veces no era del todo cierto.
“Estamos bien” significaba que el techo seguía en pie, aunque una pared estuviera abierta de lado a lado. Que todos habían salido corriendo a la calle, descalzos, con el corazón golpeando más fuerte que la tierra. Que había miedo, mucho miedo, pero todavía estaban juntos.
El pasado miércoles, la tierra rugió dos veces
Primero sorprendió. Después aterró. En cuestión de segundos, edificios se balancearon, ventanas estallaron, hospitales activaron protocolos de emergencia y miles de familias abandonaron sus hogares sin saber si podrían volver a entrar.
En las calles no había diferencias. Allí estaban niños abrazando a sus padres, ancianos rezando en voz baja, vecinos consolando a desconocidos. Porque cuando la naturaleza recuerda su fuerza, desaparecen las fronteras sociales. Solo quedan seres humanos intentando cuidar unos de otros.
Mientras algunos buscaban familiares entre llamadas interrumpidas, otros improvisaban refugios. Los rescatistas trabajaban sin descanso. Médicos, bomberos, policías y voluntarios se multiplicaban donde más se les necesitaba. También aparecieron esos héroes silenciosos que siempre emergen en las tragedias: quien compartió agua, quien prestó una manta, quien abrió la puerta de su casa para recibir a quien lo había perdido todo.
Y, aun así, el verdadero daño no siempre se ve
Hay grietas que no aparecen en las paredes, sino en el alma. Cada réplica hace volver el miedo. Cada ruido fuerte obliga a mirar hacia el techo. Cada noche cuesta más dormir porque nadie sabe si la tierra volverá a estremecerse.
Sin embargo, Venezuela conoce la palabra resistencia. La ha aprendido entre dificultades, despedidas y desafíos que parecían imposibles. Esta vez tampoco será diferente.
Porque después del polvo vendrá la reconstrucción. Después del llanto llegará el abrazo. Después del silencio volverán las voces de quienes se niegan a rendirse.
Quizás por eso, cuando pase el tiempo y alguien recuerde estos días, no hablará primero de la magnitud del terremoto ni del número de edificios afectados. Recordará aquella llamada en la que una madre respondió con la voz quebrada:
“Estamos bien.” Y ambos sabían que no era completamente verdad.
Pero también sabían que mientras hubiera alguien al otro lado del teléfono respondiendo, todavía quedaba esperanza. Porque, al final, la mayor riqueza nunca fueron las paredes que se agrietaron, sino las personas que lograron salir para abrazarse de nuevo.
Hoy Venezuela llora a quienes perdió, acompaña a los heridos y empieza a levantarse entre los escombros. Y aunque el dolor tardará en irse, hay una certeza que permanece más firme que cualquier edificio:
Mientras exista una mano dispuesta a levantar a otra, siempre habrá un camino para volver a empezar.
