A treinta años de la caída del Muro de Berlín, el arte de Alemania Oriental recibe la atención merecida

A treinta años de la caída del Muro de Berlín, el arte de Alemania Oriental recibe la atención merecida
La exposición Point of no return (Punto sin retorno) está catalogada como la exposición de arte de Alemania Oriental más grande hasta el momento, con trescientas obras de más de cien artistas, incluyendo disidentes que desafiaron al régimen comunista y figuras establecidas que dieron cátedra en sus instituciones. FOTO/ New York Times.

LEIPZIG, Alemania – Una mujer y un hombre jóvenes están sumergidos en tierra seca y agrietada. Solo se ven sus manos y sus rostros; parece que intentan salir de ahí.

Esa pintura de 1990 de Norbert Wagenbrett, llamada Aufbruch (Despertar), es parte de una nueva exposición preparada para el treinta aniversario de la pacífica revuelta que culminó en la caída del Muro de Berlín. La muestra, que podrá visitarse hasta el 3 de noviembre en el Museo de Bellas Artes de Leipzig, se encuentra a solo unos cientos de metros de la iglesia en la que, en 1989, los activistas comenzaron a reunirse de forma regular para ejercer presión por un cambio en la rígida y autoritaria Alemania Oriental, conocida oficialmente como República Democrática Alemana, o RDA.

La exposición Point of no return (Punto sin retorno) está catalogada como la exposición de arte de Alemania Oriental más grande hasta el momento, con trescientas obras de más de cien artistas, incluyendo disidentes que desafiaron al régimen comunista y figuras establecidas que dieron cátedra en sus instituciones.

La gama de perspectivas respecto a la caída del Muro de Berlín es proporcionalmente diversa, pero el ánimo es casi universalmente sombrío, muy alejado de los fuegos artificiales y los discursos autocomplacientes que por lo general acompañan las celebraciones oficiales cada aniversario.

Obras como Aufbruch, de Wagenbrett, son un recordatorio de que, lo que durante mucho tiempo fue percibido como un suceso eufórico trascendental en Occidente, en Alemania Oriental fue una época de gran peligro, ansiedad y agitación. Los dos jóvenes bajo la tierra no están experimentando un renacimiento glorioso sino algo tan peligroso como doloroso.

Después de 1989, muchas empresas estatales de Alemania Oriental fueron vendidas a compañías occidentales que las absorbieron (o las cerraron); muchos museos e instituciones artísticas también recibieron nuevos directores de Occidente. Todavía persiste en los alemanes del este de mayor edad el resentimiento acumulado por estas acciones, que se percibieron como ofensas y transmitieron una sensación de que se había hecho a un lado a los habitantes de un país que desapareció del mapa en el proceso de la reunificación alemana.

Paul Kaiser, uno de los curadores de Point of No Return, afirmó que “treinta años después de la caída del muro, el proceso de categorizar el arte de Alemania Oriental dentro del contexto pangermánico sigue estando incompleto y lleno de conflicto”. La exposición fue otro paso para “integrar la historia del arte de la Alemania Oriental en la historia del arte alemán”, agregó, y contrarrestar su “politización y devaluación”.

Después de 1989, el arte de Alemania Oriental con frecuencia fue desestimado en el Occidente por considerarse producto de un régimen totalitario bajo el cual la libertad artística estaba gravemente limitada. En 1990, en un debate que se conoció como el Bilderstreit o la Batalla por las Pinturas, el pintor Georg Baselitz comentó en una entrevista para una publicación que no había “artistas en la RDA”. Afirmó que todos los que sabían pintar se habían marchado, tal como habían hecho él y Gerhard Richter, quienes ahora son los dos artistas alemanes con mayores ventas, antes de la construcción del Muro de Berlín.

Kaiser dio entrada a un rencoroso resurgimiento del debate en 2017, cuando escribió un artículo de opinión en un diario en el que expresó su consternación porque los principales foros de arte moderno en Dresde, una ciudad en la antigua Alemania Oriental, habían destinado a la bodega el arte producido bajo la dictadura. La directora del museo, Hilke Wagner, quien refutó la afirmación de Kaiser, recibió oleadas de mensajes de odio por correo electrónico.

El debate se convirtió en un campo de batalla para ventilar una gran cantidad de agravios sufridos por Alemania Oriental. El museo de Dresde, el Albertinum, respondió organizando una muestra de arte de Alemania Oriental en 2018, acompañada de un programa de conferencias y eventos con el objetivo de atraer al público al museo para sostener debates abiertos.

Otras instituciones en la antigua Alemania Oriental, incluyendo el Museo de Bellas Artes en Leipzig y el Museo de Arte Moritzburg en Halle, han seguido el ejemplo al desenterrar obras de arte de Alemania Oriental embodegadas en sus almacenes y reestructurar sus exposiciones permanentes para elevar el perfil de las obras.

No obstante, persisten las brechas en las colecciones museográficas, en especial en el caso de artistas que fueron disidentes o trabajaron en la clandestinidad. Más del 70 por ciento de las obras en exhibición en Point of No Return son préstamos, muchas de ellas pertenecientes a los artistas que las crearon. Eso ha dado a pie a una gran cantidad de descubrimientos. En una sala de la exposición predomina una serie de pinturas melancólicas en gran formato llamada Passages (Pasajes), de Doris Ziegler, una artista de Leipzig cuyo trabajo se ha exhibido muy poco.

“En 1988, todos pensábamos que la RDA se quedaría como estaba hasta nuestra muerte”, comentó Ziegler en una entrevista reciente. “La situación era ridícula pero también amenazadora. El clima era gris, agonizante. Nuestros mejores amigos y colegas se habían marchado, y yo me preguntaba constantemente si también debía hacerlo”.

El “punto de no retorno” al que se refiere el título de la exposición es el 9 de noviembre de 1989, la noche en la que multitudes de alemanes del este traspasaron el Muro de Berlín. La muchedumbre que cruzó la frontera fue capturada en una pintura de 1989 de Trak Wendisch como un río de luz en contraste con un lúgubre paisaje urbano en colores violeta y negro.

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