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La historia de amor ‘más estadounidense’ de los padres de Kamala Harris

La historia de amor ‘más estadounidense’ de los padres de Kamala Harris
En una imagen proporcionada por la campaña de Joe Biden, aparece Kamala Harris, al centro, con, desde la izquierda, su abuelo, P.V., su hermana, Maya, su madre, Shyamala Gopalan, y su abuela, Rajam Gopalan, en 1972. Foto: Campaña de Joe Biden vía The New York Times

Le contó al grupo, una habitación llena de estudiantes negros, que creció viendo el poder colonial británico en Jamaica, la manera en que un puñado de hombres blancos habían cultivado una “élite de nativos negros” para disfrazar la extrema desigualdad social.

A sus 24 años, Donald J. Harris ya tenía una presencia profesoral, tan reservado como el acólito anglicano que alguna vez había sido. Pero sus ideas eran osadas. A una de las personas en la audiencia le parecieron tan cautivadoras que se le acercó después de su discurso y se presentó.

Era una científica india de baja estatura que vestía un sari y sandalias, la única otra estudiante extranjera que había asistido a una charla sobre la raza en Estados Unidos. Él recordó que ella “destacaba por su apariencia en comparación con todos los demás presentes, tanto hombres como mujeres”.

Shyamala Gopalan había nacido el mismo año que Harris, en otra colonia británica del otro lado del planeta. Sin embargo, sus opiniones sobre el sistema colonial eran más precavidas, el punto de vista de la hija de un alto funcionario público, ella le dijo. El discurso de Harris le había provocado muchas preguntas. Quería escuchar más.

“Todo esto me pareció muy interesante y, sin duda, un tanto encantador”, recordó Harris, quien ahora tiene 82 años y es profesor emérito de Economía en la Universidad de Stanford, en respuestas enviadas por escrito. “En una reunión posterior, charlamos de nuevo, y en la siguiente. El resto ahora es historia”.

La senadora Kamala Harris a menudo cuenta la historia del romance de sus padres. Eran estudiantes de posgrado extranjeros e idealistas que participaron de lleno en el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, un relato distinto a la clásica historia de inmigración estadounidense de masas amontonadas siendo bienvenidas en sus costas.

Sin embargo, esa descripción es apenas una noción superficial de lo que era Berkeley a principios de la década de 1960. La comunidad donde ellos se conocieron era un crisol de políticas radicales, en el que la izquierda sindical se encontró con los primeros pensadores nacionalistas negros.

Esto inició una conversación entre una ola de estudiantes universitarios negros, muchos descendientes de aparceros o esclavos que habían migrado desde Texas y Luisiana, y alumnos de países que habían combatido a las potencias coloniales.

Los miembros del grupo de estudio que los congregó en 1962, conocido como la Afro-American Association (Asociación Afroestadounidense), ayudaron a instaurar la materia de estudios afroestadounidenses, a incluir la celebración del Kwanza y a fundar el Partido Pantera Negra.

Mucho después de la intensidad particular de inicios de los años sesenta, la comunidad que nació de ello perduró.

‘Debía estudiar ahí’

Durante décadas, los estudiantes más inteligentes de colonias británicas como Jamaica e India viajaron, como un acto reflejo, al Reino Unido para estudiar grados más avanzados. No obstante, Donald Harris y Gopalan eran diferentes. Ambos tenían un motivo convincente para querer una educación estadounidense.

En el caso de Gopalan, el problema radicaba en que era mujer.

Gopalan, la hija mayor de una exitosa familia brahmana tamil, quería ser bioquímica. Sin embargo, en el Lady Irwin College, fundado por los británicos para brindarles a las mujeres indias una educación en ciencias, la habían forzado a conformarse con un título en ciencias domésticas.

“Mi padre y yo solíamos molestarla hasta el cansancio”, relató su hermano, Gopalan Balachandran.

Su hermana murió en 2009. Pero, en retrospectiva, él se da cuenta de que seguramente estaba furiosa.

No obstante, tenía un plan: en Estados Unidos —a diferencia de India o el Reino Unido— aún era posible obtener un título de Bioquímica, comentó su hermano. Y la aceptaron en la Universidad de California, campus Berkeley.

En 1961, a 12,800 kilómetros de distancia, algo similar le ocurrió a Harris, quien quería hacer un doctorado en Economía.

Cuando el gobierno colonial británico le otorgó una prestigiosa beca, se asumió que estudiaría en el Reino Unido, como todos los beneficiarios que le precedían.

Sin embargo, Harris no quería ir al Reino Unido. Empezó a notar, narró, cómo la “rigidez estática de pompa, ceremonia y clase” de la nación británica se había trasplantado en la sociedad de las plantaciones en Jamaica.

Se había interesado en la Universidad de California, campus Berkeley, debido a un reportaje de noticias sobre activistas estudiantiles que estaban viajando al sur para hacer campaña en defensa de los derechos civiles.

“Después de investigar más sobre esta universidad, quedé convencido de que debía estudiar ahí”, relató.

Encontrar a un grupo

Shyamala Gopalan de inmediato entabló amistades importantes en Berkeley.

Mientras esperaba en una fila para inscribirse a clases, en el otoño de 1959, la persona formada detrás de ella era Cedric Robinson, un adolescente negro de Oakland.

En 1960, había menos de 100 estudiantes negros en un alumnado de 20.000, según escribió la historiadora Donna Murch en su libro: “Living for the City: Migration, Education and the Rise of the Black Panther Party”.

Robinson, cuyo abuelo había huido de Alabama en la década de 1920 para escapar de un linchamiento, fue el primero de su familia en inscribirse a una universidad.

La mujer formada delante de él le llamó la atención. Gopalan, que le llevaba dos años, en aquel entonces solía vestir sari y sus conocidos decían que pensaban que ella pertenecía a la realeza; así se comportaba. Cuando Robinson llegó al escritorio de registro, el encargado asumió que era un estudiante de posgrado proveniente de África y le preguntó, amablemente, si su país también iba a pagar su colegiatura.

A Robinson, quien murió en 2016, esto le pareció divertidísimo, según el historiador Robin D.G. Kelley. Contó esa historia muchas veces a lo largo de los años; llegó a obtener una maestría y un doctorado, además de convertirse en profesor titular de la Universidad de California en Santa Bárbara. Él y Gopalan se hicieron amigos de por vida.

Ambos fueron miembros de un grupo de estudio de intelectuales de color que se reunía en la casa fuera del campus de Mary Agnes Lewis, una estudiante de Antropología.

El grupo, que después fue conocido como la Afro-American Association, fue “la institución más fundamental del movimiento Poder Negro”, afirmó Murch, quien le dedicó dos capítulos de su libro a esta asociación.

Este no era un club de lectura común y corriente. Se asignaba una lectura, y si no te mantenías al corriente, había consecuencias. En un debate sobre existencialismo, Huey Newton, estudiante de una universidad comunitaria —futuro cofundador del Partido Pantera Negra— fue castigado por no haber leído el texto asignado, recordó Margot Dashiell, de 78 años, quien terminó por convertirse en profesora de Sociología en el Laney College.

“En la próxima reunión, regresó completamente preparado”, relató.

El grupo luego se limitó a aceptar miembros únicamente de ascendencia africana, por lo que le negó la entrada a la pareja blanca de un miembro negro, escribió Murch.

No obstante, Gopalan, al ser una persona de color que vivió la opresión del régimen colonial, sin duda pertenecía al grupo, según dijeron otros miembros en entrevistas.

“Ella era parte de la verdadera fraternidad y sororidad; nunca se puso en duda”, comentó Aubrey LaBrie, quien terminó impartiendo cursos sobre nacionalismo negro en la Universidad Estatal de San Francisco. “Simplemente la aceptamos como parte del grupo”.

En 1961, cuando Harris llegó al campus, él también se integró al grupo de estudio de inmediato.

Esa agrupación fue donde, en el otoño de 1962, conoció a su futura esposa. “Hablamos en ese momento, y luego seguimos hablando en otra reunión, y luego en otra, y otra”, narró. Al año siguiente, se casaron.

Las manifestaciones por los derechos civiles fueron una parte importante de la vida de la joven pareja. En su discurso en la Convención Nacional Demócrata del mes pasado, Kamala Harris dijo que sus padres “se enamoraron de la manera más estadounidense: mientras marchaban juntos a favor de la justicia en el movimiento por los derechos civiles de la década de 1960”.

‘Esos lazos se convirtieron en la comunidad’

Para cuando nació la primogénita de la pareja, Kamala, en 1964, las corrientes políticas de nuevo habían comenzado a cambiar.

El matrimonio comenzó a sufrir cuando Harris aceptó puestos de profesor a corto plazo en dos universidades diferentes en Illinois. Cuando obtuvo un puesto con posibilidades de ascender a un cargo titular permanente en la Universidad de Wisconsin, Gopalan Harris, por su parte, se estableció con sus hijos en Oakland y West Berkeley.

La carrera de Harris floreció. Como crítico de izquierda de la teoría económica neoclásica, fue un profesor popular y se convirtió en el primer académico de raza negra en recibir un puesto titular permanente en el Departamento de Economía de la Universidad de Stanford. Sin embargo, un frío muro se había edificado en su matrimonio.

Gopalan Harris, científica investigadora que publicó análisis influyentes sobre el papel de las hormonas en el cáncer de mama, solicitó el divorcio en 1972. La separación le causó tanto enojo que, durante años, apenas interactuó con Harris.

El vacío lo llenaron los viejos amigos de Gopalan Harris, relaciones que cultivó en el grupo de estudio de Berkeley.

Una red de apoyo —desde guarderías e iglesias hasta padrinazgos y clases de piano— surgió de la Afro-American Association.

“Esos lazos se convirtieron en la comunidad que la apoyó en la crianza de sus hijos”, afirmó Dashiell, la profesora de Sociología que fue miembro del grupo de debate. “No me refiero al aspecto financiero. Realmente cobijaron a esos niños”.

LaBrie presentó a Gopalan Harris con su tía, Regina Shelton, quien tenía una guardería en West Berkeley. Shelton, que nació en Luisiana, se convirtió en uno de los pilares en la vida de la joven familia, y terminó rentándoles un apartamento que estaba en el piso de arriba de la guardería.

Shelton siempre los recibía con un bocadillo y un abrazo. Si se hacía muy tarde, los niños somnolientos se quedaban a dormir en su casa, o Shelton mandaba a sus hijas a que los arroparan en sus propias camas.

En los años transcurridos desde entonces, Kamala Harris a menudo ha reflexionado sobre el hecho de que la familia adoptada por su madre inmigrante —familias de personas negras cuya generación antecesora vivió la segregación racial en Estados Unidos— la ha moldeado de manera profunda como política. Cuando prestó juramento para convertirse en fiscal general de California y, posteriormente, en senadora estadounidense, solicitó posar su mano sobre la Biblia de Shelton.

“En el servicio público y en la lucha”, escribió en un ensayo el año pasado, “llevo a la señora Shelton conmigo siempre”.

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