Opinión: La otra guerra perpetua de Estados Unidos

Opinión: La otra guerra perpetua de Estados Unidos
Ilustración de Chris Gash / The New York Times.

Estados Unidos no solo bombardea a sus enemigos.  Los estrangula.

“Ha llegado la hora de poner fin a las guerras perpetuas”, prometió Joe Biden el año pasado. Tiene razón. Pero su definición de guerra es demasiado corta.

Durante décadas, Estados Unidos ha complementado sus ataques con misiles y sus redadas de Operaciones Especiales con un instrumento menos visible de coerción y muerte. Estados Unidos bloquea a sus adversarios más débiles, les obstruye el comercio con el mundo exterior. Es el equivalente moderno a un sitio o asedio: rodear una ciudad e intentar que padezca hambre hasta claudicar. Los expertos llaman a esta arma “sanciones secundarias”. El término más preciso en la actualidad es “bloqueo”.

Estados Unidos lanzó su primer bloqueo pos-Guerra Fría, después de que Sadam Husein invadió Kuwait. Los trece años siguientes, Irak —país que antes de la guerra había importado casi el 70 por ciento de sus alimentos y medicinas— necesitó la aprobación de las Naciones Unidas para importar cualquier cosa de manera legal.

Bajo el argumento de que a todo se le podía dar un uso militar, desde camiones cisterna de agua hasta equipo dental y antibióticos, Washington usó su influencia en las Naciones Unidas para restringir de manera radical las compras de Irak. En su libro, “Invisible War”, Joy Gordon, profesora de la Universidad Loyola, destaca que, entre 1996 y 2003, Irak importó legalmente tan solo 204 dólares por persona en productos cada año: la mitad del ingreso per cápita de Haití. Después de renunciar en 1998 para protestar contra las sanciones, el coordinador de ayuda humanitaria de la ONU en Irak, Denis Halliday, advirtió: “Estamos en el proceso de destruir una sociedad entera”.

En 2003, la ONU concluyó su bloqueo a Irak cuando Estados Unidos lo invadió. Desde entonces, Washington a menudo ha señalado que emplea sanciones “focalizadas”, las cuales restringen las ventas de armas o penalizan en específico a algunos funcionarios o empresas, no a toda una población. Y, en algunas instancias, las sanciones en efecto son focalizadas. Sin embargo, en el caso de unos cuantos enemigos selectos —Irán, Venezuela, Corea del Norte, Cuba y Siria—, Estados Unidos ha iniciado o intensificado los bloqueos que contribuyen al mismo tipo de desgracias que vivió Irak.

Hay una variedad de justificaciones para realizar esos sitios modernos: la proliferación nuclear, el terrorismo, las violaciones a los derechos humanos. Sin embargo, el método es similar: “sanciones secundarias”. Estados Unidos no solo inscribe en una lista negra a individuos, negocios, instituciones gubernamentales o incluso sectores enteros de una economía adversaria, lo cual puede ser bastante dañino. Les ordena a los bancos y corporaciones del extranjero que hagan lo mismo, ya que, de no hacerlo, tendrán prohibido hacer negocios con Estados Unidos.

Las multas por violar las sanciones secundarias de Estados Unidos pueden tener un impacto grave. Después de acusar al banco francés BNP Paribas de incumplir las leyes de las sanciones estadounidenses, los fiscales forzaron al banco a pagar casi 9000 millones de dólares en multas en 2014.

En teoría, estas sanciones —como el embargo en contra de Irak en la década de 1990— contienen excepciones por motivos humanitarios. No obstante, en la práctica, como lo ha detallado Human Rights Watch, las excepciones a menudo son oscuras y engorrosas. Para no entrar en conflicto con la ley estadounidense, muchos bancos y negocios extranjeros dejan de tener cualquier tipo de relación comercial con los países bloqueados.

En 2018, Los Angeles Times informó que uno de los hospitales públicos más grandes de Siria tenía problemas para comprar repuestos para las máquinas de resonancias magnéticas y tomografías computarizadas porque, como concluyó un informe de la ONU, “las empresas privadas no están dispuestas a saltar los obstáculos necesarios para garantizar acuerdos con Siria sin ser acusados de violar de manera involuntaria” las sanciones estadounidenses y de otras instancias.

La primavera pasada, conforme el coronavirus se propagaba sin control por Irán, el senador Chris Murphy de Connecticut advirtió que las sanciones también estaban “dificultando mucho, si no es que imposibilitando, la llegada de suministros médicos” a ese país. En 2019, una organización caritativa con sede en California se quejó de no poder enviar sillas de ruedas, muletas ni bastones a Corea del Norte.

Una y otra vez, las agrupaciones defensoras de los derechos humanos, como Amnistía Internacional, y las organizaciones humanitarias, como la UNICEF, han denunciado los bloqueos de Estados Unidos. En 2019, la Asamblea General de las Naciones Unidas condenó el embargo estadounidense en contra de Cuba en una votación de 187 contra 3. No obstante, en Washington, estos “asedios” producen menos vergüenza que autocomplacencia, porque son una señal de la oposición de Estados Unidos a gobiernos opresores.

El problema con esta lógica moral es que sitiar un régimen opresivo suele perjudicar no solo al opresor, sino también al oprimido. En un estudio de 2019, los economistas Antonis Adam y Sofia Tsarsitalidou revelaron que, cuando Estados Unidos sanciona a un gobierno autocrático, las libertades civiles empeoran.

Un artículo publicado en Journal of Development Studies halló que tanto las sanciones estadounidenses como las de las Naciones Unidas producen una menor esperanza de vida. Como lo han explicado los politólogos Dursun Peksen y Cooper Drury, los dictadores responden a los embargos acumulando los escasos recursos y usándolos para recompensar a sus secuaces y matar de hambre a sus opositores, lo que afianza más su poder. “Creen que están perjudicando al presidente Maduro, pero en realidad están perjudicando al pueblo”, le comentó una mujer venezolana que no podía conseguir la medicina para la epilepsia de su hijo al medio informativo alemán Deutsche Welle en 2019.

Los bloqueos de Estados Unidos podrían ser más justificables —o por lo menos más breves— si tuvieran una posibilidad razonable de éxito. Las sanciones que le impusieron Estados Unidos y la ONU a Irán durante la presidencia de Barack Obama perjudicaron a los iraníes de a pie. Sin embargo, su intención era convencer al gobierno de Irán de llegar a un acuerdo en torno a su programa nuclear, no una rendición total, ni una renuncia al poder. Y se podría decir que ayudaron a lograr esa meta relativamente modesta.

En contraste, ninguno de los bloqueos actuales de Estados Unidos está relacionado con objetivos remotamente realistas. A pesar de los esfuerzos de Estados Unidos para destituir a Maduro y al presidente de Siria, Bashar al Asad, estos personajes tienen un control más firme ahora que cuando Estados Unidos impuso sus sanciones más severas. Después de más de una década de castigos en escalada dirigidos a presionar a Corea del Norte para que abandone sus armas nucleares, esa nación posee hasta 60 de ellas. Irán está más cerca de tener la bomba que cuando comenzó la campaña de “máxima presión” del gobierno de Trump, y goza de la misma influencia en el Medio Oriente.

A pesar de eso, la otra guerra perpetua de Estados Unidos mantiene un apoyo bipartidista significativo. Esto es una realidad en especial en el Congreso, donde los políticos que han perdido interés en desplegar tropas ven un mecanismo aparentemente gratuito para señalar su oposición a gobiernos antagonistas y represivos… y no les importa si los costos verdaderos recaen en las espaldas del pueblo afectado que aseguran apoyar.

Hay que reconocer que el gobierno de Biden está revisando si las sanciones están “entorpeciendo de manera exagerada las respuestas a la pandemia de la COVID-19”. Sin embargo, la agonía que provocan los bloqueos de Estados Unidos no empezó cuando se desató el virus, ni terminará cuando pase.

Biden quiere reingresar al acuerdo nuclear con Irán, lo cual conllevará el retiro de las sanciones nucleares sobre Teherán. No obstante, el secretario de Estado Antony Blinken ha prometido que las numerosas sanciones no nucleares de Estados Unidos seguirán vigentes. Ha dicho que la ley de 2019 que amenaza con imponer sanciones secundarias a las empresas extranjeras que hagan negocios en Siria es una “herramienta muy importante”.

 Blinken ha propuesto que Estados Unidos “focalice de manera más eficaz” las sanciones a Venezuela, pero sugirió que el bloqueo de Estados Unidos en contra de Corea del Norte —el cual ha obligado a varias organizaciones internacionales de caridad a salir del país— no tiene la contundencia suficiente.

¿Por qué las políticas que han demostrado ser tan ineficaces e inmorales son tan complejas de deshacer? Porque para abandonarlas se necesitaría admitir verdades difíciles de digerir: Corea del Norte no abandonará sus armas nucleares. Irán mantendrá su poder en la región. Asad, Maduro y el gobierno comunista de La Habana no irán a ningún lado. Los líderes estadounidenses prefieren castigar a poblaciones que ya son vejadas que admitir los límites del poder de su país.

Pero su autoengaño sobre el alcance del poderío de Estados Unidos en realidad solo lo agota. Una fuente clave del poder estadounidense es el dólar, el cual sirve de moneda de reserva para buena parte del mundo. La razón de que haya tal temor a las sanciones secundarias de Estados Unidos es que muchos bancos y negocios extranjeros llevan a cabo sus transacciones internacionales en dólares.

No obstante, mientras más use Washington el dólar para intimidar a quien no es estadounidense con el fin de garantizar su participación en nuestros bloqueos, mayor será el incentivo para encontrar una alternativa al dólar. La búsqueda de un sustituto ya se está acelerando. Además, mientras menos dólares quieran las personas no estadounidenses, más difícil será para los estadounidenses seguir gastando más de lo que ganan.

Idealmente, Estados Unidos tendría que dejar de asediar a naciones más débiles porque esto las perjudica. Por desgracia, es probable que no paremos sino hasta que estas acciones nos perjudiquen a nosotros.

 

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