Boris Johnson nos está tendiendo otra trampa

Boris Johnson nos está tendiendo otra trampa
Boris Johnson nos está tendiendo otra trampa. Foto, Andrew Testa for The New York Times.

El Reino Unido está lejos de ser un héroe climático. La nación está comprometida con los combustibles fósiles y las corporaciones privadas, se opone a una regulación rigurosa y no está dispuesta a reconocer su responsabilidad histórica con el Sur global.

El primer ministro del Reino Unido afirma que la nación es líder mundial en materia de cambio climático. No es cierto.

Los activistas y delegados del mundo que pronto estarán en Glasgow tienen motivos para estar ansiosos. Después de todo, será una cumbre climática con muchísimas cosas en juego. Conocida como COP26 y prevista a realizarse entre el 31 de octubre y el 12 de noviembre, la conferencia es quizás una de las últimas oportunidades del mundo para lograr que la temperatura global promedio no se incremente más de 1,5 grados Celsius por encima de los niveles preindustriales, y evitar el calentamiento planetario a una escala aterradora.

Este ambiente de preocupación parece no afectar al primer ministro británico Boris Johnson, líder de la nación anfitriona. Con un optimismo pomposo, Johnson parece estar seguro de que los países intensificarán las medidas climáticas: en septiembre, afirmó que la conferencia será “un punto de inflexión para la humanidad”. Y ,con osadía, ha posicionado al Reino Unido como la nación que lidera este cambio.

Para argumentar su aseveración, Johnson señala cómo el Reino Unido se ha descarbonizado más que cualquier otro país desarrollado, 1,8 veces el promedio entre las naciones de la Unión Europea, y también el hecho de que fue la primera gran economía en establecer por ley el objetivo cero neto para las emisiones de carbono.

Sin embargo, el Reino Unido está lejos de ser un héroe climático. La nación está comprometida con los combustibles fósiles y las corporaciones privadas, se opone a una regulación rigurosa y no está dispuesta a reconocer su responsabilidad histórica con el Sur global. Incluso el laureado objetivo cero neto para 2050 está basado en compensaciones de carbono poco fiables y está demasiado distante como para generar una descarbonización lo suficientemente pronto. Johnson podrá afirmar que el país es líder mundial en acción climática, pero no debemos caer en esa trampa.

Un vistazo detrás de la retórica revela hipocresía por doquier. Para la COP26 (formalmente el 26.° periodo de sesiones de la Conferencia de las Partes en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático), el gobierno ha establecido cuatro objetivos principales: el cero neto global para 2050, la protección de comunidades y hábitats naturales, el incremento de la financiación climática y el fortalecimiento de la colaboración internacional. Pero en la práctica, está aplicando políticas en el país y en el extranjero que violan todos y cada uno de esos objetivos.

Para poder firmar un acuerdo de libre comercio con Australia, que recientemente ocupó el último lugaren el mundo en cuanto a las acciones contra las emisiones de gases de efecto invernadero, Johnson eliminó del texto cualquier referencia a los objetivos de temperatura establecidos por el Acuerdo de París de 2015. Además de un mal ejemplo, esto es un insulto a las naciones que son en especial vulnerables al cambio climático, y que alegan que el límite de 1,5 grados Celsius es crucial para su supervivencia. Para Johnson, la colaboración internacional es buena… hasta que se interpone en el camino del interés nacional.

En septiembre, en la Asamblea General de la ONU en Nueva York, Johnson persuadió de forma enérgica a los países para que desembolsaran más dinero   como parte de un intento para ayudar a los países en desarrollo a mitigar y adaptarse al colapso climático. Fue una táctica atrevida, sobre todo considerando que el Reino Unido está muy atrasado con su contribución al financiamiento climático. Sus esfuerzos han sido calificados como “altamente insuficientes” por Climate Action Tracker, que proporciona un análisis científico independiente de las políticas climáticas.

No obstante, la doble moral más clara está en casa. A pesar de las advertencias del gobierno escocés, el gobierno nacional en Westminster está listo para aprobar 18 nuevos proyectos petroleros y gasísticos en el mar del Norte. Uno de los yacimientos petrolíferos más importantes, conocido como Cambo, tiene previsto extraer un total de 150 a 170 millones de barriles de petróleo hasta 2050.

Las nuevas extracciones van acorde a la estrategia de “maximizar la recuperación económica” de la Autoridad de Petróleo y Gas, el organismo responsable de regular esos recursos en el Reino Unido. Creada por el Parlamento en 2015, establece que las compañías deben aspirar a extraer cualquier petróleo o gas que sea rentable. El gobierno tiene el poder definitivo para cambiar esta estrategia y detener la actividad en Cambo si así lo desea. Pero más allá de exigirle al regulador que ayude a cumplir los distantes objetivos del cero neto mediante la reducción de las emisiones de la producción, el gobierno hasta ahora no ha intervenido.

Cambo es el ejemplo más atroz de una estrategia política y económica que ridiculiza la superioridad moral del Reino Unido. La lista de pecados es extensa. Incluye expansiones de aeropuertosobjetivos de biodiversidad no cumplidos, un intento fallido de generar viviendas con aislamiento de calor, no descartar una nueva mina de carbón en Cumbria y, por supuesto, no regular a los mayores financistas de combustibles fósiles del mundo en el distrito conocido como City de Londres. En cada coyuntura, el gobierno ha dejado claro dónde están realmente sus prioridades.

Lo más indignante de todo es que estas acciones están bajo una cortina de humo de palabras bonitas. El gobierno podrá ser el líder mundial en el establecimiento de objetivos (tan solo en un nuevo plan para descarbonizar el transporte hay href=https://twitter.com/ClimateBeard/status/1415314955751067649rel=”nofollow”>78 compromisos), pero sus promesas no lo salvarán de las crecientes olas de calor, incendios e inundaciones. Uno de los asesores climáticos del propio gobierno calificó los objetivos de la administración con un 9 (de una escala de 10) pero afirmó que estaba “un poco por debajo” de 4 en sus esfuerzos por cumplirlos. Es poco probable que la tan esperada estrategia del gobierno para alcanzar el cero neto de emisiones, que se espera se publique el martes, altere el panorama. Las cálidas palabras no detendrán un mundo cada vez más cálido.

A esto se le podría calificar, siendo caritativos, de disonancia cognitiva, el resultado de la incapacidad de reconciliar objetivos climáticos con una economía forjada por combustibles fósiles. Pero la verdad es más cruda. Países de todo el mundo, entre los que destaca el Reino Unido, están siguiendo deliberadamente una estrategia económica que está calentando el planeta y devastando comunidades en todas partes. Prefieren las ganancias privadas a un planeta habitable.

El periodo para evitar lo peor se reduce con cada día que pasa. Las dos semanas de la COP26, en la que los gobiernos tendrán la oportunidad de cerrar la brecha entre la retórica y la realidad, serán cruciales para el planeta. O continuamos por el camino de un mundo que se calienta rápidamente o alteramos el curso de la civilización humana.

Pero pase lo que pase en Glasgow, hay que comprender que la tormenta no viene en camino. Ya la tenemos encima.

Este artículo apareció originalmente en a href=”https://www.nytimes.com/2021/10/19/opinion/britain-cop26-johnson.html” rel=”nofollow”>The New York Times.

 

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