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Ormuz: El estrecho donde se mide el poder de China

Ormuz: El estrecho donde se mide el poder de China

En este paso marítimo se define el margen real de la proyección estratégica del país asiático en el siglo XXI

La pregunta incómoda que rara vez se formula de manera explícita: ¿y si la presión sobre Irán no tuviera como destinatario último a Teherán, sino a Pekín?, analiza María Inmaculada Antúnez Olivas en el diario La Razón.

La hipótesis no es caprichosa. Estados Unidos ha reducido progresivamente su dependencia del petróleo del Golfo, mientras que China importa más del 40% de esa región. A ello se añade un dato decisivo: Alrededor del 84% del petróleo que cruza Ormuz se dirige a Asia, con China como principal receptor. La asimetría estratégica es evidente. Cualquier alteración sostenida del estrecho penaliza mucho más a las economías asiáticas que a Washington. Ormuz no contribuye a la vulnerabilidad por igual.

El estrecho no ha sido objeto de bloqueos permanentes por ninguna de las partes, sino de una dinámica de coerción basada en la generación de tensión estructural, en la que el control no se ejerce mediante la clausura física del espacio marítimo, sino a través del manejo estratégico de la incertidumbre.

El dominio del estrecho deja de depender únicamente del control directo del espacio para apoyarse en algo más decisivo: La capacidad de mantener el funcionamiento del sistema incluso bajo condiciones de amenaza.

 

Foto: A. Internacional

La libertad de navegación, en geopolítica, nunca es solo libertad. Es, sobre todo, poder de arbitraje. Y quien dispone de capacidad para arbitrar las condiciones de tránsito en un paso estratégico de esta magnitud posee una ventaja estratégica sobre quien depende de ese paso para sostener su crecimiento.

Antes del Estrecho de Malaca está Ormuz. Antes del mar de China Meridional, el Golfo. Antes de la prosperidad asiática, ese paso angosto donde la geografía recuerda que la interdependencia no elimina la fragilidad, solo la comparte.

En ese diseño, Irán ocupa una posición singular. No solo por sus hidrocarburos, sino por su valor geográfico. Teherán es proveedor, corredor y socio estratégico de China. Articula rutas entre Asia Central, el Índico y Medio Oriente. Conecta espacios marítimos y terrestres, y ofrece a China una profundidad continental que no puede encontrar únicamente en el mar.

El Estrecho de Ormuz ha dejado de ser un paso marítimo para convertirse en una prueba de resistencia para una hegemonía emergente. La teoría estratégica clásica ya advirtió que los pasos estrechos podían actuar como instrumentos de coerción incluso sin necesidad de cierre efectivo, solo aumentando el riesgo percibido.

La proximidad de las costas iraníes al estrecho, sus capacidades de negación de acceso y de área, el uso potencial de minas navales, drones, misiles antibuque o vigilancia intensiva otorgan a Teherán una capacidad desproporcionada para alterar el entorno sin necesidad de clausurarlo de manera permanente.

La interrupción del estrecho de Ormuz no afectaría solo al suministro de hidrocarburos, sino al funcionamiento mismo del sistema económico global. En este sentido, lo que está en juego es la capacidad de un actor regional para condicionar el tránsito en una de las arterias críticas del comercio internacional. Si esta lógica llegara a consolidarse, el precedente podría extenderse a otros puntos estratégicos del sistema marítimo, alterando de forma estructural las reglas que han sostenido la globalización en las últimas décadas.

China lleva años tratando de reducir una vulnerabilidad que considera estructural. El Corredor Económico China-Pakistán (CPEC) y el desarrollo del puerto de Gwadar, en Pakistán, situado a unos 600 kilómetros del estrecho de Ormuz, son el ejemplo más visible. Pero Gwadar no sustituye a Ormuz. Lo complementa.

No sustituye el paso crítico, pero sí reduce el margen de exposición.

China puede diversificar rutas y ganar margen de maniobra, pero no puede prescindir de Ormuz. La vulnerabilidad no desaparece. Se gestiona.

Aquí es donde el enfoque chino adquiere una dimensión que a menudo se pasa por alto. Pekín no solo construye infraestructuras. Construye condiciones de seguridad para que esas infraestructuras sean viables.

En un escenario marcado por la confrontación entre Estados Unidos, Israel e Irán, la verdadera cuestión es quién tiene la capacidad de condicionar el funcionamiento de Ormuz. En esa zona gris, donde la disrupción sustituye al bloqueo y la incertidumbre se convierte en instrumento de poder, es donde se está decidiendo hoy la estabilidad energética global y los límites reales de la proyección estratégica china en el siglo XXI.

Y eso devuelve la cuestión al punto de partida. Quizá estemos leyendo mal esta crisis porque seguimos pensando en términos regionales un problema que ya es sistémico. Quizá seguimos mirando a Irán cuando deberíamos mirar a China. Quizá seguimos interpretando el estrecho como escenario, cuando en realidad funciona como instrumento. La crisis en Ormuz no se dirige contra Irán, sino contra la dependencia energética de China.

La pregunta es inevitable: ¿Puede una gran potencia consolidar su ascenso si una parte esencial de su estabilidad depende de corredores que otros pueden tensionar? ¿Cuál será la respuesta de China para responder a ese escalón de la violencia?

Ormuz obliga a pensar más allá del titular, más allá del incidente, más allá del gesto militar inmediato. Obliga a mirar la estructura. Y la estructura dice algo muy preciso: Que la globalización no abolió la geografía. La hizo más decisiva.

Ormuz no es el escenario del conflicto: Es el instrumento. Y quien controle sus riesgos, controlará el ritmo de la hegemonía global.

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