El populismo autoritario combina elementos del populismo clásico con una tendencia a la concentración del poder y el debilitamiento de las instituciones democráticas
Había una vez un país con una democracia imperfecta, pero funcional. Un país con problemas de corrupción, ineficiencia en el gobierno, inequidad. En ese país emergió un líder carismático y populista, un hombre fuerte que ofrecía ruptura con el establishment y venir “a poner orden”, informó el medio The Conversation.
¿Todavía no adivina? Más pistas. Había comandado una revuelta contra las instituciones del Estado y debilitado la separación de poderes, sin importarle a sus electores.
Última pista. Era un gran comunicador político y su verbo simple, agresivo y rupturista convencía a las audiencias, pues definía con claridad y sencillez dónde estaban los culpables del malestar que impregnaba a la sociedad. ¿De qué país hablamos y quién es el líder carismático?
El contexto de actualidad señala a Estados Unidos y su presidente, Donald Trump.
Pero podríamos estar hablando de la Venezuela de Hugo Chávez. Ambos casos se ajustan a las descripciones anteriores y comparten un común denominador: El populismo autoritario. Y lo más llamativo es que, a pesar de la distancia ideológica, tanto uno como otro repiten ciertos patrones en su estrategia y acción política.
A primera vista, Chávez y Trump parecen personajes opuestos. Chávez, un militar de izquierdas con una retórica revolucionaria. Trump, un magnate inmobiliario de derechas con un discurso nacionalista. Sin embargo, al analizar sus estrategias políticas, encontramos al menos seis patrones en común.
El caos por diseño. Chávez y Trump saturaron e intoxicaron la discusión pública. Al punto de resultar extenuante seguir el ritmo de los cambios. Los frentes abiertos en simultáneo son muchos y la sensación de vértigo puede ser agobiante. La noticia es que todo ello es intencional.
Quizás la mejor explicación de esta táctica la diera Steve Banon en el 2016, cuando era asesor de Donald Trump: “El partido de la oposición son los medios de comunicación. Y los medios de comunicación solo pueden centrarse en una cosa a la vez. Todo lo que tenemos que hacer es inundar la zona”.
Al incidir en unos temas y silenciar otros, los medios fijan los asuntos sobre los que hay que debatir. Es parte de la teoría de agenda, pero ocurre que cuando la “zona está inundada” el debate público se satura y lo que impera es la desorientación y la intoxicación.
Construcción de un enemigo común. Tanto Chávez como Trump cimentaron su liderazgo en la identificación de un enemigo común. El primero definió su lucha contra “el imperialismo yanqui”, la oligarquía y la burguesía venezolana. Trump, por su parte, estableció a los inmigrantes, los medios de comunicación y el “Estado profundo” como sus adversarios. Ambos utilizaron la polarización efectiva como herramienta para movilizar a sus bases y consolidar su poder.
El culto a la personalidad y el liderazgo carismático. Los populistas autoritarios dependen en gran medida de su imagen personal. Chávez monopolizaba la comunicación a partir de su programa Aló Presidente, donde establecía una relación directa con el pueblo y minimizaba la importancia de los otros poderes del Estado.
Fue también un tuitero pionero. Trump, con su uso magistral de su intranet Truth, la plataforma X-Twitter y sus multitudinarios mítines, también logró convertirse en la figura omnipresente de la política estadunidense.
Deslegitimación de las instituciones democráticas. Ambos líderes mostraron un claro desprecio por las instituciones democráticas. Chávez socavó el poder del Congreso y el Tribunal Supremo, mientras que Trump, tanto en su primera como segunda gestión, ataca sistemáticamente a los medios de comunicación, al FBI y al sistema electoral, llegando incluso a no reconocer su derrota en el 2020.
Como señala recientemente Anne Applebaum, “Trump, al igual que Chávez y Orbán, buscó erosionar la estructura burocrática del Estado para reemplazarla con lealtades personales y una administración afín a su visión de poder absoluto”.
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Política económica basada en el cortoplacismo. El modelo económico de Chávez se basó en la redistribución masiva de recursos del Estado, con subsidios y programas sociales financiados por el petróleo. En el caso de Trump, el populismo económico se manifiesta en recortes de impuestos masivos y en una guerra comercial arancelaria con México, Canadá o China. A través de esta estrategia, El presidente estadounidense busca dar la impresión de que protege los intereses nacionales. Ambos enfoques, aunque distintos en ideología, ignoran las consecuencias a mediano y largo plazo.
Dicotomías: rural-urbana y élites-pueblo Las dicotomías rural-urbana y élites-pueblo estuvieron claramente presentes en el chavismo en Venezuela. También en los Estados Unidos y el trumpismo. Esas “masas”, en el sentido orteguiano del término, que en Estados Unidos ganaron la elección de 2016 (la perdieron en el 2020 y la volvieron a ganar en 2024), se concentran en las áreas geográficas menos urbanas. Un territorio de crecimiento o hinterland de los Estados Unidos, que contrasta con la diversidad que caracteriza a las ciudades y, en general, se opone a los valores urbanos.
El populismo autoritario deja huellas profundas en las democracias donde se instaura. En Venezuela, la erosión institucional llevó a una crisis humanitaria sin precedentes, con hiperinflación y un éxodo masivo de ciudadanos. En Estados Unidos, el trumpismo generó a partir del 2016 una crisis de confianza en el sistema democrático, culminando con eventos como el asalto al Capitolio en enero del 2021. Su segundo capítulo está en pleno desarrollo.
La persistencia del populismo autoritario en distintas latitudes muestra que no es un fenómeno exclusivo de izquierda o derecha, sino una dinámica de poder que explota el descontento social y las fallas estructurales de las democracias. En ambos casos, el denominador común es la promesa de una solución fácil a problemas complejos, con un líder fuerte que desafía el sistema establecido.