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Opinión: Una primavera silenciosa que nos está diciendo algo

Opinión: Una primavera silenciosa que nos está diciendo algo
Las flores se destruyen en FloraHolland Naaldwijk en Honselersdijk el 20 de marzo de 2020, a medida que las ventas caen debido al nuevo coronavirus, COVID-19 . Foto: AFP

Esta es la primavera silenciosa. El planeta se ha quedado en silencio, tan callado que casi podemos oírlo dando vueltas alrededor del Sol, sentir su pequeñez, imaginar por primera vez la soledad y la fugacidad de estar vivos.

Esta es la primavera de los temores. Basta una garganta seca o un resfriado para que la mente se dispare. Veo una rata caminando despreocupada sola al anochecer en Front Street, en el barrio de Brooklyn, y una bolsa de basura que rasgó un perro y me llega una visión apocalíptica de alimañas e inmundicia.

Los transeúntes con cubrebocas esparcidos en las calles vacías parecen sobrevivientes de una bomba de neutrones. Un patógeno que mide como una milésima parte del grosor de un cabello humano, el nuevo coronavirus de corona con picos, ha dado un vuelco a la civilización y desatado la imaginación.

Desde mi ventana, al mirar más allá del río Este, veo un auto que pasa de vez en cuando por la carretera FDR Drive. Al ver la escasez de tráfico, recuerdo cuando estaba de pie en el Malecón, el paseo marítimo de La Habana, hace unos diez años y miraba unos cuantos autos pasar cada minuto. ¡Pero esa era Cuba y era la belleza aprobada de los años cincuenta!

Es momento de una reconfiguración total. En Francia, existe un sitio web que les indica a las personas el radio de un kilómetro desde su casa donde se les permite hacer ejercicio. Esa es una medida de cómo se han reducido todos nuestros mundos.

Sin embargo, escribir, leer, cocinar, reflexionar en silencio, pasear al perro (hasta que se resista a continuar porque ya ha caminado demasiado), adaptarse a un solo espacio, abandonar el desenfreno, contemplar un mundo aquietado, puede significar abrir un espacio para el crecimiento personal. Algo ha cambiado. La Tierra se ha vengado. Al provocar asfixia, ha hecho valer su derecho a respirar.

El virus se transmite de los animales a los humanos, como para demostrar el carácter inseparable de la vida y la muerte en un pequeño planeta. La tecnología perfeccionada para que los ricos globalizaran sus ventajas también ha creado el mecanismo perfecto para globalizar el pánico que pone a las carteras de inversiones en caída libre.

Haz las cosas de otra forma al final de esta calamidad, murmura una voz mística, hazlas de manera más igualitaria, más ecológica, con más respeto al medioambiente, o te volverá a azotar. La próxima vez, se caerá el internet. Entonces se completará el ciclo del paso del mundo real al mundo virtual y al mundo inexistente.

No es fácil combatir esos pensamientos, y tal vez no deberíamos combatirlos, porque eso implicaría no aprender nada.

Hablando de ratas, “La peste” de Camus está agotada en Amazon, ahora que el mundo se despierta al eterno recordatorio que ofrece la novela de “que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.

Este libro se publicó en 1947, dos años después de que la peste política del fascismo había sido derrotada tras la pérdida de decenas de millones de vidas. La advertencia de Camus era política. El virus regresa de la misma manera inevitable que el dirigente psicótico con talentos cautivadores míticos.

En un año de elecciones, ha sido imposible atestiguar la mezcla de incompetencia total, egocentrismo insaciable y crueldad espeluznante con la que el presidente Donald Trump ha reaccionado a la pandemia de la COVID-19 y no temer a una especie de golpe de Estado del coronavirus. El pánico y la desorientación son precisamente los elementos que recargan de energía al dictador en potencia. El peligro de una arremetida autocrática estadounidense en 2020 es tan grande como el virus mismo.

Ahora, este es el mundo de Trump: disperso, incoherente, anticientífico, nacionalista. Él no tiene ni una sola palabra de compasión para Italia, el azotado país aliado de Estados Unidos (en cambio, Estados Unidos le pide con discreción a Italia los hisopos nasofaríngeos que la Fuerza Aérea estadounidense está llevando a Memphis). Ni una palabra del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas desprovisto de liderazgo estadounidense. Ni una palabra de simple moralidad, la cualidad que Camus más valoraba. En vez de eso, avaricia, mezquindad y jactancia. El único indicador que concibe Trump es el Dow Jones.

En las últimas semanas, he sufrido una conmoción física al ver a dirigentes como Angela Merkel de Alemania, Justin Trudeau de Canadá y Emmanuel Macron de Francia hablar de la pandemia. Nosotros, los estadounidenses, no captamos la manera tan insidiosa en que Trump nos ha acostumbrado a la malignidad. Es un germofóbico que ha propagado el germen de la falsedad.

La voz nasal y quejumbrosa de autosatisfacción del presidente se ha vuelto una norma. Así que es fascinante y esperanzador tan solo ver una respuesta sensata, solidaria y científica por parte de otros dirigentes para combatir el virus.

La madre de todas las crisis se ha topado con el mejor ejemplo de ineptitud presidencial. “Lo tenemos totalmente controlado”, dijo el presidente en enero. “Un día —como un milagro— desaparecerá”, fue la cantaleta de febrero. “No asumo ninguna responsabilidad”, declaró Trump en marzo. Tiene un buen “presentimiento” sobre los fármacos para la malaria, cuya eficacia contra el virus no se ha probado. Su postura ante China no tiene pies ni cabeza. Y ahora, pese a las recomendaciones médicas generalizadas, y las protestas de los gobernadores desesperados, quiere que Estados Unidos “se reactive y se prepare para continuar antes de Pascua”, en un par de semanas.

No culpo del todo a Trump por la falta de preparación de Estados Unidos. Desde hace mucho tiempo, el sistema de salud estadounidense ha sido un enorme caso práctico de desperdicio. Pero sí lo culpo por desperdiciar un par de meses en una negación que me recordó a Thabo Mbeki y su criminal falta de atención al sida en Sudáfrica. Lo culpo por dejar que los gobiernos estatales y locales se defendieran solos y que movilizara los recursos federales con retraso, con debilidad y con incongruencia. Y lo culpo por la obsesión mezquina de “Estados Unidos primero” que le impidió aprender de otros países.

Culpo a Trump por el hecho de que mi yerno, un médico en el frente de combate en el Grady Memorial Hospital de Atlanta, durante semanas no haya podido hacer pruebas de coronavirus a sus pacientes ni a él mismo y de que todavía esté enfrentando la falta de suministros. Lo culpo por la eliminación de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, la principal agencia de Estados Unidos para combatir enfermedades infecciosas, que ahora tiene que doblegarse ante el ego de Trump. Según la perspectiva de este presidente, él es el único protagonista.

Las lecciones están a simple vista. Los países a los que mejor les ha ido son los que menos tardaron en hacer pruebas, rastrear y aislar las zonas de contagio, lo cual les ha dado una buena idea de la magnitud del brote y de las mejores formas de aplanar la curva de contagio. Tal ha sido el caso de Corea del Sur o Alemania.

El Estados Unidos de Trump desperdició un par de meses. Luego intentó, sin tener datos detallados, confinar a todo el mundo. Eso funciona en Wuhan y en un Estado de vigilancia, pero no en un país de individualistas casados con la idea de la autosuficiencia. Se desperdició el momento de hacer pruebas, rastrear y aislar. Era previsible que los resultados serían malos. La economía sufrió una caída que incluso con un paquete de estímulos de dos billones de dólares podría originar una depresión. Además, muchas otras personas podrían morir en situación de desamparo.

Las encuestas afirman que la popularidad de Trump ha aumentado un poco desde que atacó el virus. Lo mejor es pensar que sigue siendo un presidente muy impopular en tiempos de guerra. No es invencible. Así como tampoco lo es el virus, si Estados Unidos pone todo su empeño y actúa con determinación.

En “La peste”, el médico protagonista de la novela, Bernard Rieux, reacciona a la peste con un fatalismo activo. Atiende a todos, incluso a los moribundos, con el mismo esmero. Un periodista le pide que defina la moralidad y responde que no puede hacerlo en un sentido general, pero sabe que para él “consiste en hacer mi trabajo”.

He estado de licencia para trabajar en una novela. En estos tiempos, nos vemos tentados a preguntarnos por qué dedicarnos al periodismo si solo lanzamos un sinnúmero de palabras a un vendaval de estupidez que se las lleva. Creo que la respuesta es que las palabras no son inútiles, ni siquiera cuando tal vez son ineficaces en el momento.

No son más inútiles que los esfuerzos de Rieux, ni que los actos de desafío contra el totalitarismo asesino que llevan directamente a la ejecución sumaria de sus artífices.

“La única manera de combatir la plaga es la moralidad”, escribe Camus. Debido a que la moralidad ante la peste redime no solo a la persona que actúa de esta forma, sino a toda la humanidad. El virus, que en la actualidad es tanto patógeno como político, tiene que ser derrotado por todos. No hay que cejar, sin importar lo desalentador que parezca el esfuerzo. Como escribió Camus en otra parte: “Hay que imaginar a Sísifo feliz”.

En esta primavera silenciosa, la forsitia ha florecido y se están abriendo los capullos de magnolias. La naturaleza, como lo relató Rachel Carson en su libro “Primavera silenciosa”, publicado hace 58 años, nos está diciendo algo.

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