Trump y Xi afrontan una cumbre decisiva marcada por Taiwán, la Inteligencia Artificial, el control de las tierras raras y la pugna por la supremacía global
Dentro de seis días, Donald Trump aterriza en Pekín con una delegación empresarial reducida y con el peso de un 36% de aprobación doméstica que convierte este viaje en algo más que diplomacia de alto nivel, es una necesidad política interna.
Xi Jinping lo recibirá con la pompa que corresponde a la ocasión, con la serenidad calculada del hombre que sabe que el tiempo juega a su favor y con una agenda que no es la misma que la de su interlocutor. Lo que está en juego en esos dos días de Pekín no es un acuerdo comercial ni una foto; es la arquitectura del siglo que viene, afirma Gustavo de Aristegui, en un análisis en el diario La Razón.
Conviene no dejarse engañar por el lenguaje de la détente que ambas cancillerías han cultivado desde la cumbre de Busan de octubre pasado.
La tregua existe -los aranceles han bajado desde los niveles de guerra abierta de la primavera del 2025, cuando Washington llegó a imponer el 145% sobre las importaciones chinas- pero la tregua no es la paz. Es un paréntesis tácticamente conveniente para los dos. Trump necesita victorias domésticas: Soja, aviones Boeing, un papel en el fin de la crisis del Estrecho de Ormuz que sus propias decisiones contribuyeron a desencadenar.
Xi necesita tiempo: Tiempo para cerrar brechas tecnológicas, tiempo para consolidar posiciones de poder que serán muy difíciles de reabrir una vez logradas, tiempo para que la narrativa de “China como actor estabilizador global” frente a un Occidente errático cale en el Sur Global. Son dos calendarios distintos con un punto de tangencia coyuntural que ambos lados han decidido, con sensatez, no desperdiciar.

La naturaleza de esta rivalidad es lo que la hace tan difícil de analizar con las categorías del siglo pasado. No es la Guerra Fría, porque las economías están demasiado interconectadas para permitirse el lujo del bloqueo total: China compra 25 millones de toneladas de soja estadunidense al año, opera en los mercados de capitales occidentales y tiene sus reservas parcialmente denominadas en dólares y es un importante detentador de deuda soberana estadunidense.
No es tampoco la trampa de Tucídides en su formulación más automática según la expone Graham T. Allison, porque ninguna de las dos potencias desea la guerra -ambas tienen demasiado que perder- y los mecanismos de crisis management, por frágiles que sean, siguen operativos, salvo que China invada Taiwán.
La actual encrucijada es algo distinto, más sofisticado y en muchos sentidos más peligroso: una rivalidad sistémica entre un poder establecido y un poder ascendente con modelos políticos e ideológicos incompatibles, que se libra simultáneamente en docenas de frentes sin que ninguno sea determinante por sí solo.
Esos frentes son los que he venido identificando como las “guerras de temperatura variable” del siglo XXI: Conflictos que no producen declaraciones de guerra, pero que condicionan batalla silenciosa tras batalla silenciosa, quién dominará la economía global, quién será el que encabece las distintas guerras científica, industrial, de I+D, de IA o de cualquier otro campo de batalla tecnológico.
Esta competencia a cara de perro determinará quién dicte las reglas del orden internacional. El más inmediato y brutal de todos es el de los semiconductores.
Taiwán produce el noventa por ciento de los chips avanzados del planeta. El noventa por ciento. La isla que Pekín reivindica como provincia rebelde es, simultáneamente, el nodo más crítico de la economía tecnológica global y el símbolo más cargado de las ambiciones de reunificación del Partido Comunista.
Esa superposición de lo económico, lo militar y lo identitario convierte a Taiwán en el punto de máxima tensión de la relación bilateral en cualquier horizonte de análisis. Para Washington, la defensa de la autonomía de facto de Taipéi es una obligación legal -la Taiwan Relations Act de 1979- y un imperativo estratégico que de ser ignorado o eliminado, desencadenaría una crisis de credibilidad en todo el sistema de alianzas globales con Estados Unidos.
Para Pekín, la reunificación es un objetivo no negociable, calificado internamente como condición sine qua non del “rejuvenecimiento de la nación china”. Esta incompatibilidad no tiene solución negociada. Solo se puede gestionar.
La gestión, sin embargo, es cada vez más compleja. El enfoque transaccional de Trump sobre Taiwán -que ha cuestionado públicamente el nivel del compromiso estadunidense en función de la disposición de Taipéi a pagar por su propia defensa- ha introducido una variable de ambigüedad que Pekín explota con maestría y que inquieta profundamente a los aliados de la región.
Cualquier señal de debilidad en el cálculo de disuasión es potencialmente desestabilizadora. Y aquí radica el mayor riesgo estratégico del momento presente: que la lógica puramente transaccional de Trump -que percibe a Xi como alguien con quien se puede cerrar acuerdos- lleve a Washington a levantar el pie del acelerador de la competencia estratégica en los sectores verdaderamente críticos, permitiendo a Pekín cerrar brechas que serán muy difíciles de reabrir.
El arma de coerción más inmediata, y la más subestimada por los análisis occidentales convencionales, no son los misiles hipersónicos ni los buques de guerra, que los hay, y en número creciente. Es el control chino sobre las tierras raras.
China controla entre el 75% y el 80% de la producción mundial de estos elementos y la práctica totalidad (95%) de su capacidad de refinado. Sin disprosio, terbio y neodimio no hay motores para aviones de combate, no hay sistemas de guía de misiles, no hay baterías para vehículos eléctricos, no hay electrónica de consumo avanzada.
La paradoja del embargo o restricciones tecnológicas -a subrayar, porque define la era- es que las restricciones de exportación estadunidense sobre chips avanzados han empujado a China a acelerar sus propias capacidades domésticas con una urgencia que no habría tenido de otro modo. Pekín llevaba años declarando la autosuficiencia tecnológica como objetivo nacional prioritario; los controles de exportación han convertido esa declaración en emergencia existencial.
Porque el mayor activo estratégico de Washington no es tecnológico ni económico: Es su red de alianzas. La constelación de aliados democráticos -OTAN, AUKUS, QUAD, FIVE EYES, alianzas bilaterales con Japón, Corea del Sur, Australia, Filipinas- cuya suma de poder militar, económico y tecnológico excede con creces cualquier coalición alternativa que Pekín pueda articular. China carece de aliados reales. Tiene socios transaccionales.
Lo que Trump y Xi decidan en Pekín el 14 y 15 de mayo no transformará ninguna de estas realidades estructurales. Lo más probable -y lo que los analistas del Brookings Institution y del CSIS apuntan como resultado de base- es una extensión de la tregua comercial, un acuerdo limitado sobre compras agrícolas y aeronáuticas, algún lenguaje común sobre los riesgos de la inteligencia artificial y, si Pekín ha hecho bien su trabajo diplomático con Teherán, algún gesto sobre el Estrecho de Ormuz que Trump pueda vender como victoria ante su electorado.
Lo que no habrá es solución sobre Taiwán, ni levantamiento real de los controles tecnológicos, ni acuerdo sobre las tierras raras que resuelva la vulnerabilidad occidental. La cumbre puede y debe producir estabilidad táctica. No puede producir transformación estratégica.
