Para quien llega a visitar a Panamá por primera vez queda deslumbrado. Lo que ve desde Tocumen a la ciudad le confirma que somos diferentes al resto de Centroamérica. Una urbe con cientos de rascacielos y amplias carreteras, tantos como en Miami u otras grandes ciudades. Un metro moderno que cada vez extiende más su cobertura y que todavía no existen en ciudades como Quito y Bogotá.
Si al visitante lo llevan a ver el Canal, las playas, El Valle, Boquete o lo que hay en el Casco Viejo, siente que Panamá es una especie de isla que, cuando le explican cómo viven muchos panameños, ajenos a ese bienestar, se percata en el mar de iniquidades y desigualdades que existen como muchas otras ciudades latinoamericanas.
Esa bonanza propia del primer mundo es lo que aprecian también los miles de extranjeros que aquí viven. Peor aún, es lo que pareciera percibir gran cantidad de panameños, de esos de la llamada high society o los que se presentan como nuevos ricos. La isla que si existe la habitan unos pocos. Ese pequeño grupo que cree que todo está bien y que somos una panacea, envidia de muchos otros, con un presidente que dice ser proempresa privada. El resto, es el país que no ven, que día a día sufre más por resistir y poder comer. Que lucha por tener acceso a una mejor educación, salud y vivienda. Somos el segundo país más desigual de América Latina, detrás de Colombia. Las estadísticas reflejan que casi 300 mil niños a diario pasan hambre. Esa condición les produce retrasos en su crecimiento y en el mal aprovechamiento de una educación pública que, como sabemos de antemano, tiene muchas deficiencias.
Hay comunidades, como las indígenas, que tienen altos porcentajes de pobreza extrema. En pocas palabras, que escasamente tienen ingresos diarios de un poco más de $2. Los ngäbe buglé con el 78.2% de su población en esa condición, los gunas con 77.9% y lo emberá con el 65.3% reflejan una escalofriante realidad.
Increíblemente que, con un Canal que ningún otro país tiene, tengamos el mayor crecimiento en términos de pobreza en la región. De 14.3%, en los años 2022 y 2023, a 16.2% en 2025, junto con Ecuador y Argentina los únicos que han reflejado aumentos. Si bien crecemos en nuestro Producto Interno Bruto (PIB), esa bonanza no permea a la mayoría de los panameños.
Si eso es lo que se refleja en los más pobres, el panorama no mejora cuando hablamos de la cada vez más reducida clase media. El poder adquisitivo disminuye y los salarios no aumentan frente alto costo de la vida, que crece por factores externos como la guerra de Ucrania y la guerra de Irán e internos como las protestas contra la mina. El acceso a una vivienda propia cada día es más cuesta arriba y, cuando puede tener una, vive en multifamiliares horizontales de miles de casitas sin áreas comunitarias y sin acceso adecuado a las grandes carreteras.
A eso se agrava la criminal falta de agua permanente, la inseguridad que cada vez se ceba más en este tipo de barriadas y la falta de respuestas en la salud pública. En lo laboral cada día todo se pone peor, llegando en el 2026 a 10.2% el desempleo, el mayor porcentaje en las últimas dos décadas, aumentando considerablemente la informalidad.
A corto plazo es imperceptible que algo pueda mejorar y que evite que la brecha existente en esas dos clases de Panamá, se agriete y se profundice más.
El futuro que el país requiere, para evitar la especie de explosión social que se está cocinando, es que todos, particularmente los que más tienen y los gobernantes, enfrenten con aplomo y con sentido urgente una realidad que en ocasiones pareciera no quieren ver. Todos estamos obligados a involucrarnos en el entorno de la pobreza que se palpa hasta muy cerca de la opulencia de la ciudad, porque este país es de todos, ricos y pobres. Y si a unos, que son la mayoría, no los ayudamos a paliar su situación, tarde o temprano, todos saldremos perjudicados.
Es como si viviéramos con una bomba de tiempo que se le agotan los minutos para explotar. Aún estamos a tiempo para desactivarla.
Si no fuese por la rapiña de fondos públicos que se ha dado gobierno tras gobierno, Panamá debería estar entre las más prósperas y justas del continente.
