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El poder nocivo de las promesas estadounidenses

El poder nocivo de las promesas estadounidenses
PUERTO PRÍNCIPE, Haití Los jóvenes juegan fútbol cerca de la Catedral Nacional en ruinas a la luz del atardecer en Puerto Príncipe, Haití, el lunes, enero. 6, 2020. (Damon Winter / The New York Times).

La primera vez que vi a la famosa Fabienne Jean, venía cojeando hacia mí lentamente, pero con la elegancia inconfundible de la bailarina que era. Dos años habían pasado desde que los donadores y los medios de Estados Unidos habían convertido a Fabienne en un símbolo de recuperación del devastador terremoto que sacudió a Haití en 2010.

Quienes le deseaban lo mejor le habían prometido de todo, desde una nueva casa y una visa estadounidense hasta su propia academia de baile. En aquel momento, ella mantenía las esperanzas. Sin embargo, nada de eso sucedería.

La última vez que vi a la famosa Fabienne Jean, estaba sentada sin hacer nada en su apartamento en un sótano de Puerto Príncipe, sin poder trabajar ni bailar, aún nostálgica por su breve encuentro con la generosidad estadounidense. Sacó su teléfono y empezó a ver fotos. “¿Viste esta, Jacob?”, me preguntó mientras reía y me mostraba una foto de ella posando en una playa de Florida. Once meses después, falleció.

Antes del desastre, Fabienne, una artista del Teatro Nacional de Haití, había bailado sobre el escenario con algunas de las bandas más importantes del país y había lucido atuendos extravagantes en desfiles del carnaval. Pero el terremoto derrumbó un muro de concreto sobre ella, el cual aplastó su pierna derecha. Para salvarle la vida, doctores estadounidenses provenientes de Nueva York le practicaron una amputación por debajo de la rodilla. Fabienne pensó que nunca volvería a bailar.

Pero pocas semanas después, un hombre de Nuevo Hampshire le prometió lo contrario. El sujeto, dueño de una compañía de prótesis, había viajado a Haití para ayudar a los amputados del terremoto. Se sintió cautivado por el espíritu optimista de Fabienne y le dijo que la ayudaría.

El mundo estaba desesperado por recibir buenas noticias de Haití. El terremoto había matado entre 46.000 y 316.000 personas, la mayoría en cuestión de minutos, lo que lo convirtió en uno de los desastres naturales más letales de la historia moderna. Fabienne fue una de las incontables víctimas sobrevivientes que resultaron heridas, y una de los 1,5 millones de personas —casi el 15 por ciento de la población— que fueron desplazadas de sus hogares.

Los estadounidenses se sintieron conmovidos por el dolor de Haití. Una encuesta del Centro de Investigaciones Pew reveló que la mitad de los estadounidenses donaron o planeaban donar dinero para ayudar a la recuperación de Haití. Por su parte, el gobierno de Estados Unidos prometió una suma increíble de 4400 millones de dólares en ayuda. Para comparar, seis años antes el gobierno estadounidense había ofrecido solamente 350 millones de dólares tras el terremoto del océano Índico que había cobrado la vida de 230.000 personas y desplazado a otros 1,7 millones.

Los estadounidenses también se sintieron conmovidos por Fabienne. Luego de que The New York Times publicó un artículo de primera plana con su historia, los donadores y doctores empezaron a luchar —incluso a competir— para ayudarla. Luego, el Times publicó un segundo artículo de primera plana sobre Fabienne, lo que consolidó su estatus como el rostro más conocido del terremoto de Haití.

Los donadores trajeron a Fabienne a Estados Unidos, donde se le diseñó y obsequió una prótesis. Por televisión, Estados Unidos vio como volvió a bailar por primera vez tras la tragedia, girando y meciéndose sorprendentemente sobre esa pierna ortopédica. En el aniversario del terremoto, el Times publicó otro retrato en primera plana de una Fabienne sonriente, con su nueva pierna descansando triunfalmente sobre su hombro.

Fabienne era la metáfora perfecta de la recuperación. El terremoto le había quitado la pierna, pero los doctores y los donadores estadounidenses habían intervenido para reconstruir su cuerpo y su vida.

O al menos así parecía.

Para mi sorpresa, cuando la localicé en 2012, Fabienne estaba viviendo en un sucio apartamento con su madre moribunda y su joven hija, Christina, llena de energía. El hombre de Nuevo Hampshire había dejado de enviarle dinero para los traslados a las sesiones de fisioterapia y a los ensayos en el Teatro Nacional. Fabienne dependía de la caridad de amigos —no estadounidenses, sino haitianos— para sobrevivir.

La bailarina que había perdido una pierna y había logrado bailar otra vez, ya no bailaba. El espíritu de Fabienne parecía abatido. Aprendió que las promesas pueden ser perniciosas. “Agradezco a Dios que no morí. Estoy viva”, me dijo. “Pero esta situación no es buena para mí. Después de la enorme cantidad de promesas que las personas me hicieron, nada ha pasado”.

Con el tiempo, el mundo pasó a otra cosa. Nuevos desastres ocuparon las primeras planas —la catástrofe de Fukushima en 2011, la guerra civil siria en 2012— y los periodistas consiguieron nuevas historias de personas que contar. Tanto Fabienne como Haití desaparecieron de las noticias, de la manera como suelen hacerlo las víctimas en lugares remotos. Yo me mudé, pero cada vez que regresaba a Haití, pasaba a visitarla. El mes pasado, su apartamento en el sótano estaba cerrado con llave. La entrada estaba en silencio. Cuando toqué la puerta de una vecina para preguntar si Fabienne había salido, me enteré de que Fabienne había fallecido un mes antes, tras un ataque epiléptico. Había estado sufriendo de convulsiones durante años; su tío cree que fueron el resultado del daño cerebral que sufrió durante el terremoto. “Toda la asistencia que Fabienne recibió fue para su pierna”, me dijo su tío. “En aquel entonces, nadie pensaba en los problemas dentro de nuestras mentes”.

Fabienne murió joven, a cinco semanas de su cumpleaños 41. El mes pasado, Christina me llevó a la habitación donde su madre vivió y murió. Alcanzó un saco, con una bandera estadounidense enorme estampada y las palabras “arroz estadounidense de calidad premium”. El saco alguna vez contuvo “ayuda alimentaria”: arroz que, gracias a los subsidios del gobierno de Estados Unidos, fue cultivado por agricultores estadounidenses y enviado a Haití, donde dejó sin trabajo a agricultores haitianos. Ahora vacío, era el saco en el que Christina tenía guardada la última pierna ortopédica de su madre.

No reconocí la pierna. Christina me explicó que las piernas donadas por los estadounidenses habían dejado de servirle a Fabienne hacía tiempo. Le causaban dolor y a menudo se desprendían cuando caminaba o bailaba. Así que, durante muchos meses, Fabienne ahorró todo el dinero que pudo, y al final se compró una nueva pierna por su cuenta. Fue con esta pierna, fabricada en Haití, que Fabienne bailó por última vez el domingo antes de su muerte, cuando una de sus canciones favoritas empezó a sonar en la radio.

¿Acaso Estados Unidos le había fallado a Fabienne? Después de la enorme cantidad de promesas que los políticos y las organizaciones benéficas estadounidenses hicieron sobre reconstruir Haití después del terremoto, al parecer, de alguna manera, ni siquiera pudimos reconstruir una sola vida: de hecho, la vida de la persona que recibió más atención y promesas que cualquier otra.

“Cuando le prometes algo a alguien, lo motivas”, me dijo un traductor haitiano que trabajó como enlace entre Fabienne y sus donadores estadounidenses. Pero a medida que pasa el tiempo y nada sucede, las promesas incumplidas pueden quebrar la voluntad de una persona, hasta el punto de enfermarla físicamente, me dijo. “Eso fue lo que le sucedió a Fabienne. Eso afectó su mente, su cuerpo y cada parte de su ser”.

Durante 10 años he investigado el fracaso que significaron los miles de millones de dólares destinados a reconstruir y reestructurar a Haití. He escrito sobre un puerto financiado por Estados Unidos que nunca se construyó. He relatado los desaciertos de las buenas intenciones de los voluntarios estadounidenses. He revelado que Estados Unidos estuvo deportando inmigrantes haitianos a pesar de saber que enfrentarían condiciones potencialmente mortales en su país natal. He reportado cómo el gobierno y las organizaciones benéficas de Estados Unidos desperdiciaron millones de dólares en contratistas estadounidenses en vez de invertir los fondos de ayuda a nivel local. (Los investigadores han calculado que apenas un 2,3 por ciento de todo el dinero que la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional le “otorgó” a Haití terminó en manos de compañías o firmas haitianas —la mayoría fue a parar a manos de contratistas estadounidenses de Washington y sus alrededores—, y solo alrededor de un 9 por ciento de los fondos concedidos en los dos años posteriores al terremoto fueron canalizados al gobierno de Haití).

La historia de lo que le sucedió a Haití es la historia de lo que le sucedió a Fabienne. Estados Unidos hizo grandes promesas y no las cumplió.

¿Qué le debíamos nosotros, como consumidores de noticias y como estadounidenses, a Fabienne? ¿Tenemos el derecho a publicar y a contemplar imágenes de cuerpos negros con el fin de empatizar con su sufrimiento desde lejos? ¿Para contemplar nuevamente, con satisfacción, cuando alcanzan sus puntos más altos? Y si contemplamos, así como observamos a Fabienne, ¿tenemos el derecho de luego mirar hacia otro lado?

¿Qué le debemos a Haití? Millones de nosotros enviamos dinero a organizaciones benéficas estadounidenses sin primero estudiarlas o leer sobre sus planes, si es que tenían alguno, para reconstruir esa nación. Dar dinero es fácil y satisfactorio. Descifrar cómo usar ese dinero para unir todas las piezas de una vida hecha añicos, por no hablar de un país, es uno de los esfuerzos más difíciles y complejos que cualquiera puede emprender.

En mi última mañana en Haití, un amigo periodista haitiano ofreció llevarme a mí y a algunos de los familiares de Fabienne a visitar su tumba. Condujimos hasta la iglesia donde se realizó su funeral, luego cruzamos rápidamente la calle ajetreada rumbo al cementerio. El resto de nosotros mantuvo distancia mientras Christina miraba en silencio la tumba de su madre.

Le hice una pregunta a la familia de Christina: si toda la atención prestada a Fabienne le había fallado al final, ¿estaban seguros de que era una buena idea que yo escribiera otro artículo? Sí, insistieron. “Porque probablemente pueda ayudar a su hija, a darle visibilidad”, me dijo su tío. Sin Fabienne, la familia no ha sido capaz de pagar la colegiatura de Christina. Quizás lo que yo publique pueda “ayudarla a triunfar”, me dijo. “Es una labor muy importante la que estás haciendo”.

Pero 10 años después de que The Times, MSNBC y otros medios de comunicación elevaron la historia de Fabienne —una década después de que millones de estadounidenses hicieron promesas desde el fondo de su corazón o vaciaron sus billeteras para ayudar— no creo estar tan convencido. Quizá nuestra obligación moral hacia personas como Fabienne sea esta: si nos permitimos contemplarlos, no miremos hacia otro lado después. En vez de eso, involucrémonos y asumamos la compleja labor que implica reconstruir una nación y una vida.

La solución no es prometer menos. Es ver que esas promesas se cumplan. Eso, al menos, es lo que me dijo la tía de Fabienne. “Dijeron que iban a construirle una casa… nada pasó”.

“Vinieron a este país y luego lo abandonaron”.

Un vitral en la iglesia donde Fabienne Jean fue homenajeada durante su funeral, en Puerto Príncipe, Haití, el martes 7 de enero de 2020. (Damon Winter/The New York Times)

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